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'Seamos curiosos, no chismosos'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 21 de Marzo de 2021
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'El deseo de saber por qué y cómo (es llamado) curiosidad'. Thomas Hobbes, Leviatán

La curiosidad es uno de los grandes dones con los que la naturaleza evolutiva ha dotado al ser humano. Desafortunadamente no decidió incorporar una alarma instintiva que nos advirtiera del mal uso de este maravilloso don, eso lo dejó a otra de las herramientas propias, y aún más distintiva, que posee nuestra especie: su capacidad de razonar. No tan usada como debiera, por desgracia. La curiosidad, sin la cual aún estaríamos atrapados en las cuevas, con pánico a todo lo que hubiera en el exterior, no se encuentra  exenta de peligros;  si pones la mano en el fuego porque la llama te resulta irresistible por el calor que desprende, por su brillo y la belleza de sus colores, te quemarás. En estos tiempos todo se entremezcla sin ningún pudor, vida privada y pública, y los límites entre ambos ámbitos se desvanecen al ritmo de la popularidad que tanto deseamos obtener en las redes sociales. Por ello, es más importante que nunca distinguir la curiosidad del entrometimiento. No es lo mismo tener curiosidad acerca de algo o de alguien, con dar pábulo y publicidad a los chismes. Bernard Shaw, el comediógrafo británico del XIX, hizo un buen uso de su capacidad para la ironía al advertirnos que un chisme es como una avispa; si no puedes matarla al primer golpe, mejor no te metas con ella. Las noticias falsas a las que solemos dar tanto pábulo, con catastróficas consecuencias, no dejan de ser chismes mal intencionados, cuya única intención es, al apelar a nuestros más bajos instintos, adormecer cualquier capacidad real de raciocinio que nos quede, con tal de manipularnos con indecente facilidad. Si no abortamos su difusión a la primera corremos el riesgo de que nos infecte gravemente nuestra capacidad de razonar y nuestro sentido común.

La curiosidad es atrevimiento, siempre, pero no ceguera. En carne propia aprendemos, cuando hemos sido objeto de algún chisme, alimentado por ese estúpido gusto por el morbo que confundimos con la curiosidad, lo difícil que es quitarte ese sambenito que te han colgado, para regocijo ajeno, y martirio propio

La prudencia es una maravillosa virtud que debería ir asociada al sano empleo de la curiosidad. Esta virtud es un útil instrumento, que vinculada a la sabiduría popular del refrán que nos aconseja: saber y saberlo demostrar es saber dos veces, nos alerta para no pasarnos de frenada con nuestra credulidad. Confundimos con frecuencia creer saber algo, con el deseo de que ese algo que creemos saber sea verdad. Caemos en este error con frecuencia porque ese supuesto chisme o conocimiento no contradice nuestras creencias, nuestra fe, nuestra moral, o nuestra manera de ver las cosas. La curiosidad es atrevimiento, siempre, pero no ceguera. En carne propia aprendemos, cuando hemos sido objeto de algún chisme, alimentado por ese estúpido gusto por el morbo que confundimos con la curiosidad, lo difícil que es quitarte ese sambenito que te han colgado, para regocijo ajeno, y martirio propio. Poco puedes hacer, salvo responder con la indiferencia aristotélica de encogerte de hombros, y ante los más bajos chismes comentar, al igual que hizo el filósofo, que no estando uno presente, como si me quieren azotar. Si queremos comprobar lo letal que resulta un chisme para la salud de la verdad, y de cualquier conversación razonada, soltemos uno en medio de cualquier conversación, en persona, o en las redes sociales, y veremos con qué rapidez nuestra  precaria capacidad de atención desvaría, y pronto seguimos el hilo conductor del chisme, en lugar de los argumentos razonados y apegados a los hechos.

Es una táctica habitual que esos especialistas en hurtar la razón emplean en las redes sociales, cuando saben que una conversación argumentativa la tienen perdida y no tienen el más mínimo interés en entrar en ella. Pocos ejemplos mejores que el continuo troleo del expresidente de los EEUU Donald Trump, enfangando cualquier debate meridianamente serio con chascarrillos, chismes, infundios, salidas de tono, o como queramos llamarlas, pero que no dejan de ser maneras de, como buen trilero que es, desviar nuestra atención de lo importante. La misma estrategia que practican sus correligionarios a este lado del Atlántico, incluida la nacionalista presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, especialista en desviar la atención de los problemas reales de la gente con perogrulladas y estupideces adornadas de un tufillo supuestamente ideológico.

No es que nuestro sistema educativo, en ningún nivel, ni nuestras jerarquías en el trabajo o en casi cualquier otro ámbito de la vida, alienten la curiosidad, la sana. Más bien la castran, pero esa es una tendencia que merece repensarse en todos estos ámbitos, por nuestro propio bien

La curiosidad merece el elogio porque es un don maravilloso, siempre y cuando no caigamos en el chisme, en el cotilleo. Una persona sanamente curiosa, que no mete la mano en el fuego sin antes saber que quema, y no se deja deslumbrar por el brillo de los chismes, es un tesoro en estos tiempos. No es que nuestro sistema educativo, en ningún nivel, ni nuestras jerarquías en el trabajo o en casi cualquier otro ámbito de la vida, alienten la curiosidad, la sana. Más bien la castran, pero esa es una tendencia que merece repensarse en todos estos ámbitos, por nuestro propio bien. Los dogmas, y a estas alturas el lector sabe que la sabiduría es enemiga del dogma, se llevan mal con la curiosidad, el libidinoso arrepentido de Agustín de Hipona lo deja claro con su condena; el infierno ha sido hecho para los curiosos, y por si no hubiera suficiente con el ardiente lugar al que quiere desterrarlos, lo ratifica con su desconfianza en la razón, brazo armado de la curiosidad: la razón no se sometería nunca si no juzgase que hay ocasiones en las que debe someterse. A la fe, claro está: la fe consiste en creer lo que no vemos, y la recompensa es ver lo que creemos.

Una cosa es creer, y otra ser idiota, pero la experiencia nos muestra que el hilo que separa a ambas cosas es más fino de lo que debiera. Todo lo que me molesta es una conspiración para este tipo de cerebros planos

No es que se estuviera refiriendo a las partículas subatómicas, más bien da pábulo a aquellos que en base a su fe rechazan cualquier evidencia racional. Pongamos de ejemplo, de nuevo, al irredento Trump o Ayuso, y su ceguera en no querer ver todo aquello que les molesta. También podemos ir a un ejemplo extremo y hablar de los terraplanistas, que ya les puedes llevar a la luna para que vieran con sus propios ojos nuestro esférico planeta, que seguirían creyendo que todo es parte de una conspiración para que cambien sus creencias. Una cosa es creer, y otra ser idiota, pero la experiencia nos muestra que el hilo que separa a ambas cosas es más fino de lo que debiera. Todo lo que me molesta es una conspiración para este tipo de cerebros planos. Nada como una buena conspiración para que los chismosos que colonizan todos los ámbitos de nuestra sociedad se sientan en el paraíso.

Azorín solía decir que la vejez no es sino la pérdida de curiosidad. El declive nos llega cuando nos acomodamos tanto, o la vida nos ha dado tantos golpes, que nos refugiamos únicamente en lo ya conocido. Una mente que no pierde la capacidad de inquirir, de sentir la excitación de nuevos conocimientos, nuevos descubrimientos, nuevas personas, tendrá siempre más vigencia, a pesar de la irremediable prisión de la cárcel de un cuerpo envejecido, que el más robusto, pero estúpido joven, que ha renunciado a la curiosidad. En la misma línea, el literato Samuel Johnson, algún siglo que otro antes que el escritor español, aseguraba que la curiosidad es una de las permanentes y seguras características de un intelecto vigoroso, y ya sabemos que el cuerpo puede decaer y apagarse, pero lo que provoca nuestra decadencia es el declive de nuestro vigor mental, y no hay mejor gimnasio en el que podamos ejercer la mente que en el de la sana curiosidad.

La picazón que agita nuestra curiosidad es equiparable a ese picor tan molesto, que casi has de cortarte el brazo para evitar rascarte. Rascarte cuando no debes puede no ser la mejor opción, como vimos en el caso en el que la curiosidad deviene cotilleo, chisme, o entrometimiento en la intimidad ajena, y no un sano cuestionamiento por el por qué y el cómo del funcionamiento del mundo, y de todo aquello que nos afecta, como atestiguaba Thomas Hobbes

La picazón que agita nuestra curiosidad es equiparable a ese picor tan molesto, que casi has de cortarte el brazo para evitar rascarte. Rascarte cuando no debes puede no ser la mejor opción, como vimos en el caso en el que la curiosidad deviene cotilleo, chisme, o entrometimiento en la intimidad ajena, y no un sano cuestionamiento por el por qué y el cómo del funcionamiento del mundo, y de todo aquello que nos afecta, como atestiguaba Thomas Hobbes. La satisfacción de rascarse en ambos casos, malsana curiosidad o sana curiosidad, puede ser la misma, pero las consecuencias son bien diferentes; una empobrece y atrofia nuestra decencia moral, la otra revitaliza y enriquece nuestra sabiduría. Influye nuestro carácter todo sea dicho; para un optimista o un pesimista pragmático mejor conocer que desconocer, para un pesimista irredento, el cual ya sale mojado de casa en días de lluvia, por si acaso, la curiosidad es una mala compañera de fatigas. Nuestro filósofo pesimista favorito, Blaise Pascal, lo tenía claro; una de las principales enfermedades del  hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no se puede llegar a saber. Claro está, que sin tratar de ir más allá de lo que creemos incognoscible, sin forzar los límites de lo cognoscible, numerosas barreras científicas que hoy día hemos superado, permanecerían. El pesimista nos alertaría de las terroríficas consecuencias de algunos de estos descubrimientos provocados por la curiosidad, pero sin ellos, cuántos avances maravillosos que han incrementado notablemente nuestro bienestar y conocimiento del mundo nos habríamos perdido. La clave vuelve a estar como siempre en la virtud de la prudencia en el uso de los dones en los que nuestra especie brilla especialmente, sea la curiosidad, sea la razón.

El moralista francés del siglo XVII, el duque de la Rochefoucauld, hablaba de dos tipos de curiosidades, una la interesada 'que nos lleva a aprender todo aquello que nos es útil', otra, 'orgullosa, nacida del deseo de saber lo que otros ignora'. Ambas, hasta la inducida por el deseo son enormemente positivas, y bien alejadas de lo que hemos denominado malsana curiosidad

El moralista francés del siglo XVII, el duque de la Rochefoucauld, hablaba de dos tipos de curiosidades, una la interesada que nos lleva a aprender todo aquello que nos es útil,  otra, orgullosa, nacida del deseo de saber lo que otros ignoran. Ambas, hasta la inducida por el deseo son enormemente positivas, y bien alejadas de lo que hemos denominado malsana curiosidad. Ambas no solo son sanas, a pesar del peligroso sentimiento del orgullo, sino enormemente provechosas para el intelecto humano. Un escritor español,  Diego de Saavedra, un siglo anterior, hablaba de otro tipo de curiosidad, también muy propia del ser humano, la curiosidad por descubrir aquello que nos han prohibido; la curiosidad se atreve más contra lo que más se prohíbe. Algo de lo que rara vez se dan cuenta los censores; mientras más prohibiciones absurdas haya, creyendo que mantienen en la ignorancia a las personas, más en peligro ponen dichas convicciones. Afortunadamente para la libertad.

Pocas virtudes deberíamos de tratar de incentivar más en los niños y niñas, en los adolescentes, en los jóvenes, que la curiosidad. Algunos nacen más listos, otros algo menos, algunos más perseverantes, otros menos, pero si algo se puede despertar, pues en nuestro interior todo ser humano posee la chispa, es la curiosidad. Y con ella se nos abren todo tipo de fronteras ignotas dispuestas a proporcionarnos maravillosas experiencias. Rousseau que supo descifrar la importancia, que para un buen y justo orden social, tenía la curiosidad despertada por la educación; nos animaba a descubrirla a través de las maravillas de la naturaleza; mantén a tu alumno atento a los fenómenos de la naturaleza. Pronto se habrá vuelto curioso.

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”