'Irán y la lógica de la escalada global'

Los gobiernos de Estados Unidos e Israel han justificado el ataque contra Irán principalmente en términos de seguridad estratégica y prevención. La narrativa inicial se articuló en torno a la idea de que el programa nuclear iraní representaba una amenaza grave, argumentando que el enriquecimiento avanzado de uranio podría permitir a Teherán desarrollar armas nucleares en un futuro cercano. Bajo este argumento se produjo el primer ataque el pasado mes de julio, en lo que posteriormente se ha denominado la “guerra de los doce días”.
La posición del organismo ha sido consistente: aunque Irán posee la capacidad técnica para avanzar hacia un arma nuclear, no existe evidencia creíble de que estuviera llevando a cabo las actividades necesarias para su fabricación
Sin embargo, los informes técnicos de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), organismo creado bajo el paraguas del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y en el que los países occidentales han ejercido una influencia significativa, ofrecían una evaluación más matizada. Durante años, las inspecciones del OIEA verificaron de forma reiterada que Irán cumplía con los compromisos técnicos del Plan Integral de Acción Conjunto (JCPOA, 2015), confirmando que no existía desviación de material nuclear hacia un programa militar y que las actividades de enriquecimiento se mantenían dentro de los parámetros establecidos para usos civiles y energéticos. La posición del organismo ha sido consistente: aunque Irán posee la capacidad técnica para avanzar hacia un arma nuclear, no existe evidencia creíble de que estuviera llevando a cabo las actividades necesarias para su fabricación.
En marzo de 2025, la Directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Tulsi Gabbard, declaró ante el Congreso que la comunidad de inteligencia estadounidense evaluaba que Irán no estaba construyendo un arma nuclear ni había tomado la decisión política de hacerlo desde la suspensión de su programa en 2003
A esta evaluación se suman conclusiones de los propios servicios de inteligencia estadounidenses. La National Intelligence Estimate (NIE) señaló con “alta confianza” que Irán había detenido su programa de armamento nuclear en 2003. Años después, incluso durante las negociaciones del JCPOA y tras la retirada de Estados Unidos del acuerdo, altos responsables militares y de inteligencia, como el entonces Secretarío de Defensa James Mattis o el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Joseph Dunford, declararon ante el Congreso que Irán no había tomado la decisión política de fabricar una bomba y que el acuerdo nuclear constituía un mecanismo eficaz para contener su programa. En marzo de 2025, la Directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Tulsi Gabbard, declaró ante el Congreso que la comunidad de inteligencia estadounidense evaluaba que Irán no estaba construyendo un arma nuclear ni había tomado la decisión política de hacerlo desde la suspensión de su programa en 2003. Los argumentos iniciales centrados en la amenaza de una inminente bomba nuclear iraní han ido siendo sustituidos o complementados por nuevas justificaciones, como el derecho a la autodefensa frente a amenazas regionales o el desarrollo del programa misilístico iraní. Para algunos observadores, este desplazamiento discursivo refleja un intento de adaptar el relato estratégico a los acontecimientos con el fin de mantener el respaldo político y social occidental necesario para sostener una política de confrontación.
Un análisis de la cronología de los ataques contra Irán revela un patrón que resulta, cuando menos, llamativo
Un análisis de la cronología de los ataques contra Irán revela un patrón que resulta, cuando menos, llamativo. El primer episodio fue el asesinato del general Qasem Soleimani en enero de 2020. Según declaraciones posteriores del entonces primer ministro iraquí, Adel Abdul Mahdi, Soleimani se encontraba en Bagdad para participar en una iniciativa de mediación entre Irán y Arabia Saudí. De acuerdo con esa versión, el viaje se habría producido en el marco de contactos diplomáticos alentados por Estados Unidos, tras una conversación telefónica previa entre Abdul Mahdi y el presidente Donald Trump. Un segundo episodio parece reproducir una secuencia similar. En julio del 2025, los ataques aéreos de Estados Unidos e Israel se produjeron en un momento en que Irán y las potencias europeas como Francia, Alemania y Reino Unido, mantenían conversaciones descritas por las propias delegaciones como “serias, francas y detalladas” en Estambul para intentar encontrar una salida negociada a la crisis nuclear, con plazos ajustados para evitar la reimposición de sanciones internacionales. Finalmente, el pasado sábado 28 de febrero, Israel llevó a cabo una operación en la que murieron el ayatolá Alí Jameneí y varios miembros de la cúpula iraní, un hecho que se produjo también en medio de contactos diplomáticos destinados a evitar una escalada militar en la región.
El conflicto actual en torno a Irán podría interpretarse, en parte, a la luz de la lógica descrita por el historiador griego Tucídides en su relato de la Guerra del Peloponeso
El conflicto actual en torno a Irán podría interpretarse, en parte, a la luz de la lógica descrita por el historiador griego Tucídides en su relato de la Guerra del Peloponeso. En su obra señaló que la causa más profunda del conflicto entre Atenas y Esparta fue “el crecimiento del poder de Atenas y el temor que esto inspiró en Esparta”, una dinámica que hoy se conoce como la trampa de Tucídides. Este concepto describe el riesgo de guerra que surge cuando el ascenso de una potencia o de un actor regional altera el equilibrio existente y genera temor en los actores dominantes del sistema internacional.
En este marco histórico, podría establecerse un paralelismo en el que Estados Unidos desempeñaría el papel de Atenas y China el de Esparta
En este marco histórico, podría establecerse un paralelismo en el que Estados Unidos desempeñaría el papel de Atenas y China el de Esparta. El rápido crecimiento económico, tecnológico y militar de China, junto con la aparición de nuevas plataformas de cooperación internacional como los BRICS, ha ido erosionando gradualmente la posición predominante de Estados Unidos y de algunos de sus aliados estratégicos en un sistema internacional cada vez más multipolar. En este contexto, la sucesión de conflictos y tensiones geopolíticas recientes difícilmente puede entenderse como una serie de episodios aislados; más bien parecen formar parte de una dinámica estructural más amplia de competencia entre grandes potencias.
Desde la caída de la Unión Soviética, diversas decisiones estratégicas han contribuido a deteriorar progresivamente las relaciones entre Occidente y Rusia, entre ellas la expansión de la OTAN hacia Europa del Este. Este proceso se desarrolló en un contexto intelectual marcado por el optimismo del final de la Guerra Fría. En 1992, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama popularizó la idea de que la caída del bloque soviético representaba “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno”, tesis expuesta en su obra El fin de la historia y el último hombre.
La evolución posterior del sistema internacional ha mostrado un panorama mucho más complejo, en el que las tensiones geopolíticas entre grandes potencias no han desaparecido, sino que han resurgido bajo nuevas formas
Sin embargo, la evolución posterior del sistema internacional ha mostrado un panorama mucho más complejo, en el que las tensiones geopolíticas entre grandes potencias no han desaparecido, sino que han resurgido bajo nuevas formas. En este contexto, la expansión de la OTAN hacia el este fue percibida en Moscú como una amenaza estratégica, contribuyendo a un progresivo deterioro de las relaciones entre Rusia y Occidente. El diplomático estadounidense George F. Kennan, considerado uno de los arquitectos intelectuales de la política de contención durante la Guerra Fría, advirtió ya en 1997 que ampliar la alianza atlántica hasta las fronteras rusas podría convertirse en “el error más fatídico de la política estadounidense en la era posterior a la Guerra Fría”, al alimentar el nacionalismo ruso y provocar una reacción adversa en Moscú. La guerra de Ucrania puede interpretarse, al menos en parte, dentro de esta lógica de escalada estratégica que Kennan anticipó.
Según algunas interpretaciones difundidas posteriormente en medios y debates políticos, la continuación de la guerra habría sido reforzada por el respaldo político y militar de los aliados occidentales a Kiev
Un episodio revelador de esta dinámica se produjo en las primeras semanas del conflicto, cuando se intentó abrir una vía de negociación. En marzo de 2022, delegaciones de Rusia y Ucrania mantuvieron conversaciones en Turquía, primero en Antalya y posteriormente en Estambul, en las que se discutió un posible acuerdo basado, entre otros puntos, en la neutralidad de Ucrania y en garantías de seguridad internacionales. Diversos testimonios posteriores de participantes en esas conversaciones y de algunos analistas sugieren que se llegó a esbozar un marco de compromiso que podría haber detenido la escalada militar. Sin embargo, las negociaciones no prosperaron. Según algunas interpretaciones difundidas posteriormente en medios y debates políticos, la continuación de la guerra habría sido reforzada por el respaldo político y militar de los aliados occidentales a Kiev, incluido el apoyo de la administración de Joe Biden y la visita a Kiev del entonces primer ministro británico Boris Johnson en abril de 2022, quien habría transmitido que Occidente estaba dispuesto a sostener a Ucrania en su confrontación con Rusia.
Otros episodios de intervención o presión internacional en regiones ricas en recursos energéticos, como el caso de Venezuela, también han sido interpretados por algunos analistas como parte de una competencia geopolítica más amplia por la influencia global
Posteriormente, otros episodios de intervención o presión internacional en regiones ricas en recursos energéticos, como el caso de Venezuela, también han sido interpretados por algunos analistas como parte de una competencia geopolítica más amplia por la influencia global. En enero de 2026, una operación militar estadounidense culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, acción que Washington justificó oficialmente en el marco de cargos por narcotráfico y seguridad nacional. Sin embargo, diversos observadores han señalado que este episodio se inserta igualmente en una dinámica estratégica más amplia vinculada al control de recursos energéticos. Tras la detención de Maduro, Estados Unidos inició acuerdos para reactivar la industria petrolera venezolana y facilitar la participación de empresas extranjeras en la explotación de sus reservas, una de las mayores del mundo.
Cuando una potencia dominante y una potencia emergente entran en una dinámica prolongada de confrontación, el resultado rara vez es una victoria clara de una de ellas, sino más bien un desgaste mutuo que termina alterando profundamente el orden internacional existente
Para establecer una comparación con la llamada trampa de Tucídides, conviene recordar el desenlace de la Guerra del Peloponeso. El conflicto terminó en el año 404 a. C. con la derrota de Atenas y la victoria de Esparta, tras casi tres décadas de enfrentamientos que agotaron económica y militarmente a ambas ciudades-estado. Este prolongado choque entre la potencia emergente y la potencia dominante no solo transformó el equilibrio de poder en el mundo griego, sino que dejó tras de sí un sistema profundamente debilitado. Aunque Esparta emergió momentáneamente como la potencia dominante del mundo griego, su hegemonía fue breve y el resultado final del conflicto fue, en realidad, el debilitamiento general del sistema político helénico. Este desenlace ofrece una advertencia histórica relevante para la geopolítica contemporánea: cuando una potencia dominante y una potencia emergente entran en una dinámica prolongada de confrontación, el resultado rara vez es una victoria clara de una de ellas, sino más bien un desgaste mutuo que termina alterando profundamente el orden internacional existente. El contexto actual resulta aún más inquietante. La combinación de tensiones geopolíticas entre grandes potencias, la persistente amenaza nuclear, una economía global sostenida en gran medida por activos financieros inflados artificialmente y el creciente peso de la deuda pública en muchas economías occidentales configura un escenario de elevada incertidumbre y riesgos difíciles de calibrar. En este entorno, los errores de cálculo o las dinámicas de confrontación prolongada podrían tener consecuencias de gran alcance, cuyo coste histórico podría recaer de forma desproporcionada sobre las generaciones futuras.



































