Deposita la basura a su hora

David Hume y el comercio justo

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 17 de Noviembre de 2019
'Dia festiu' de Francesc Subarroca.
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'Dia festiu' de Francesc Subarroca.
'La naturaleza humana no puede subsistir de ningún modo sin la asociación de individuos; y esta asociación nunca podría tener lugar si no se respetaran las leyes de la equidad y la justicia'. David Hume

En esta época donde las revoluciones responden más que a la rebeldía de oprimidos, abandonados o desahuciados por el capitalismo voraz, a ensoñaciones nacionalistas con tintes autárquicos, lideradas por burguesías y elites políticas que hace mucho abandonaron el sentido común, se torna imprescindible que recordemos algunos principios básicos, algunos pilares sobre los que se sustenta la convivencia entre individuos. Un buen inicio para ayudarnos a recobrar la sensatez, es conversar filosóficamente con el filósofo británico del XVIII David Hume, a pesar de las diferencias entre un siglo y otro. Hume es un observador crítico que nos ofrece una perspectiva privilegiada para comprender la banalidad de estas autárquicas propuestas nacionalistas, tanto antaño, como hoy día. Políticas estériles de esas elites políticas y burguesas, que obvian qué hizo que nuestras sociedades prosperaran y salieran de esa cascara envolvente llamada nacionalismo.

Los principios del comercio, elaborados por teóricos como el propio Hume o Adam Smith han sido tergiversados por la evolución salvaje del capitalismo, especialmente la importancia de un principio que para estos pensadores era esencial; la equidad en el intercambio comercial

Uno de los puntos esenciales en lo que se centran los análisis del pensador escoces es el comercio, el intercambio de bienes, tan crucial para el nacimiento de la civilización, y del liberalismo político, no solo económico. Liberalismo, que a pesar de sus aporías ha contribuido con su idea de libertad, cimentada por autores como el propio Hume, y desarrollada por sucesores como Stuart Mill, al progreso humano. Progreso que fuerzas reactivas intentaron en el pasado revertir, y que hoy día, disfrazados de demócratas, continúan intentándolo. Los principios del comercio, elaborados por teóricos como el propio Hume o Adam Smith han sido tergiversados por la evolución salvaje del capitalismo, especialmente la importancia de un principio que para estos pensadores era esencial; la equidad en el intercambio comercial.

Somos mestizos de múltiples civilizaciones, gracias a conflictos bélicos, cierto, pero también a intercambios comerciales, intelectuales, sociales, de carácter amistoso. Es penoso ver como hoy día la solución no se basa en equilibrar balances más equitativos en el comercio, incentivar condiciones más justas en aquellos países exportadores donde se maltrata a los trabajadores, cuando no se explota niños, sino en ese llamativo principio de los nuestros primero, sin entender que sin un equilibrio comercial basado en la justicia, a un lado y otro de la balanza, en uno y otro territorio, no hay progreso posible para el ser humano

Hoy día, en que la idea de un comercio justo suena a invento hippie, y salvo algunas organizaciones no gubernamentales que se preocupan en realidad por ello, sea más una estrategia de blanqueamiento de grandes corporaciones, que una política real, es de sentido común recordar verdades tan sencillas como evidentes. El comercio es esencial para explicar el crisol del que nació eso que llamamos cultura occidental, y que hoy día algunos bárbaros voxeros identifican sesgadamente con los valores patrios. Somos lo que somos no porque las primeras civilizaciones que ostentaron la hegemonía en el Mediterráneo, fueran la  fenicia,  la griega, la egipcia, la persa, la romana y tantas otras, se ciñeran a su propia cultura y la emplearan como arma arrojadiza contra otras civilizaciones, con las que compartían territorio, sino porque a través del comercio, religiones, ciencias, filosofías, artes, y todo aquello que da valor a una cultura cosmopolita se entremezclaron. Sin el comercio, que abrió la cultura de los pueblos desde su autarquía a una visión del mundo mucho más amplia, nada de lo que hoy se reivindica como valores occidentales hubiera existido. Sin esa visión cosmopolita del comercio, que nos hace entender que nuestra lengua no es la única, ni lo son nuestros valores, principios, religiones o morales, el crisol mestizo que la cultura occidental es hoy día, con todo lo que ha aportado al progreso humano, no hubiera tenido éxito. Somos mestizos de múltiples civilizaciones, gracias a conflictos bélicos, cierto, pero también a intercambios comerciales, intelectuales, sociales, de carácter amistoso. Es penoso ver como hoy día la solución no se basa en equilibrar balances más equitativos en el comercio, incentivar condiciones más justas en aquellos países exportadores donde se maltrata a los trabajadores, cuando no se explota niños, sino en ese llamativo principio de los nuestros primero, sin entender que sin un equilibrio comercial basado en la justicia, a un lado y otro de la balanza, en uno y otro territorio, no hay progreso posible para el ser humano.

Las restricciones y los aranceles desorbitados, como los que pretenden los Estados Unidos de Trump, con su los nuestros primero, o lo que voxeros bárbaros en nuestro país pretenden reivindicar, no busca beneficiar a los nuestros, busca réditos del más banal populismo político, porque las guerras comerciales, al final siempre las ganan los mismos, los que ya son ricos, no aquellos que debido a la deslocalización han perdido sus puestos de trabajo, pues unos aranceles extremos son respondidos por otros, todos pierden, especialmente la clase trabajadora

Un amigo de Hume, con el que estableció una fructífera correspondencia epistolar, uno de los principales padres del liberalismo y del comercio, Adam Smith, en contra de lo que muchos de sus herederos hoy proclaman, se manifiesta abiertamente en contra de un comercio que empobrezca a una de las partes, mientras enriquece a la otra; Cuando una nación piensa enriquecerse con el comercio exterior es mucho más probable que lo consiga si sus vecinos son ricos, industriosos y comerciantes. Un comercio entre países que no sea equilibrado a la hora de producir riquezas, en uno y otro indistintamente, y sea justo en el reparto de riquezas, será catastrófico para todas las partes. Las restricciones y los aranceles desorbitados, como los que pretenden los Estados Unidos de Trump, con su los nuestros primero, o lo que voxeros bárbaros en nuestro país pretenden reivindicar, no busca beneficiar a los nuestros, busca réditos del más banal populismo político, porque las guerras comerciales, al final siempre las ganan los mismos, los que ya son ricos, no aquellos que debido a la deslocalización han perdido sus puestos de trabajo, pues unos aranceles extremos son respondidos por otros, todos pierden, especialmente la clase trabajadora.

Adam Smith también se preocupó, al contrario que sus actuales y extremos correligionarios, por los beneficios de una educación extendida a todos los sectores sociales, ya que la especialización que nació en los inicios del capitalismo, ya vislumbraba el teórico del liberalismo económico que podía provocar abismos entre unas clases sociales y otras, como finalmente sucedería, por atender tan solo a la búsqueda del beneficio egoísta, tanto en la explotación de la clase trabajadora, como en la expoliación comercial de los imperios occidentales a sus colonias. Egoísmo y barbarie explotadora, que sustituyó a ese equilibrio comercial teorizado como principio, y que hoy día aún estamos pagando, especialmente en los países colonizados por esos imperios de los que tan orgullosos nos sentimos. Sería idiota, sino fuera cuestión de risa, que esos bárbaros que tergiversan la historia de maneras tan burdas, proclamen el orgullo de la resistencia ibérica a los romanos, o los árabes, y sin embargo prediquen el orgullo del imperio español.

Para David Hume hay tres principios que garantizaran la subsistencia de una sociedad, su paz y su prosperidad; las leyes en las que está basada la justicia, que son: respetar la propiedad privada, un intercambio regulado y justo de las propiedades de cada uno, y el respeto a las promesas y contratos en los que se basa nuestra vida en sociedad

Para David Hume hay tres principios que garantizaran la subsistencia de una sociedad, su paz y su prosperidad; las leyes en las que está basada la justicia, que son: respetar la propiedad privada, un intercambio regulado y justo de las propiedades de cada uno, y el respeto a las promesas y contratos en los que se basa nuestra vida en sociedad. Para nuestro filósofo esto es así porque nadie nos salva de ese egoísmo innato, que prefiere lo propio antes que la generosidad de compartir, pero si empleamos la razón adecuadamente y por tanto somos inteligentes, veremos los beneficios de controlar las pasiones que nos impulsan al interés propio, que se sentirá protegido y beneficiado, al apostar por el interés compartido. Algo ingenuo, sí, aunque no exento del todo de razón. La moral que nos impulsa a ser benevolentes en base a las emociones de empatía no llega a garantizar la paz social. Qué le vamos a hacer.

La cortedad de vista de su época puede justificar la ausencia de esta propuesta en el pensador británico, hoy día es difícil justificar que habiendo instituciones internacionales que pueden velar por esa equidad y equilibrio comercial, carezcan de autoridad real, y cada vez se plieguen más al egoísmo nacional

Hume y Hobbes se acercan en el papel de los gobiernos más de lo que parece en este peliagudo tema. Lo importante del asunto, y la clave que nos hace ver lo absurdo de perseverar en lo nacional, sea lo que sea a lo que llamemos nación, que no deja de ser un invento romántico del XIX,  es que el principio de egoísmo que rige el interés propio por encima del compartido en el individuo, es aplicable a cada Estado o Nación, y por tanto, también la racionalidad e inteligencia que ha de modularlo y hacernos ver las ventajas de cooperar entre naciones o estados, en lugar de expoliar, en las relaciones internacionales: Las ventajas, por lo tanto, de la paz, el comercio y el socorro mutuo, hacen que extendamos a los diferentes reinos las mismas nociones que tienen lugar entre individuos. Añade Hume: los estados están en la misma situación que los individuos. Difícilmente podrá ser laboriosa una persona cuyos conciudadanos son ociosos. La riqueza de los distintos miembros de una comunidad contribuye a mi riqueza. Se supone que si seguimos el argumento hasta las últimas consecuencias, más allá de que Hume lo explicite, debería haber una autoridad superior que coordinara a las naciones o estados para que esto fuera posible. La cortedad de vista de su época puede justificar la ausencia de esta propuesta en el pensador británico, hoy día es difícil justificar que habiendo instituciones internacionales que pueden velar por esa equidad y equilibrio comercial, carezcan de autoridad real, y cada vez se plieguen más al egoísmo nacional.

Ser cosmopolitas, renunciar al nosotros primero, para en su lugar compartir riquezas, oportunidades, equilibrios, ser solidarios, actuar con justicia para todos los implicados, es una necesidad lógica, inteligente, aun sin recurrir a la moral, a lo emotivo, para subsistir en conjunto, como seres humanos. Unas sociedades que empobrecen a otras, es un camino que nos lleva directo a la catástrofe, al desequilibrio, a guerras, al comer hoy para pasar hambre mañana

Ser cosmopolitas, renunciar al nosotros primero, para en su lugar compartir riquezas, oportunidades, equilibrios, ser solidarios, actuar con justicia para todos los implicados, es una necesidad lógica, inteligente, aun sin recurrir a la moral, a lo emotivo, para subsistir en conjunto, como seres humanos. Unas sociedades que empobrecen a otras, es un camino que nos lleva directo a la catástrofe, al desequilibrio, a guerras, al comer hoy para pasar hambre mañana. O somos conscientes de esta necesidad, o nos veremos en un mundo tan lleno de desequilibrios, donde las murallas virtuales o reales entre naciones destruirán siglos de convivencia. El sueño ilustrado era destruir muros, no construirlos, como parece la moda actual que predomina en la bárbara política que se nos impone.

Ser cosmopolitas es pues nuestra única salvación, alejarnos como de la peste de esas tentaciones egoístas, del sálvese quien pueda, los nuestros primero, pues estamos en el mismo barco. Y sí, podemos creer que lanzando al mar a los más desfavorecidos, sean personas, países, continentes, o aislándonos de ellos, salvaremos del naufragio nuestro barco, pero tarde o temprano el barco se hundirá, porque necesitamos a toda esa gente a la que tan dispuesta estamos por nuestro egoísmo a expulsar, para que el barco no se hunda tarde o temprano, y la única manera inteligente de lograrlo es compartiendo no solo destino, sino equilibrio y justicia social, sea cual sea ese futuro hacia el que nos encaminemos. La alternativa, y ya la estamos viviendo, es angustiosa, y nos lleva al naufragio total.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”