Un verano en el Parque de las Ciencias.

El eterno retorno de lo mismo o cómo vivir el presente

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Lunes, 12 de Octubre de 2015
“El día que Nietzsche lloró” de Irvin D. Yalom.
IndeGranada
“El día que Nietzsche lloró” de Irvin D. Yalom.

¿Es esto la vida? , le diré a la muerte.

¡Muy bien! ¡Pues que vuelva a empezar!

Friedrich Nietzsche

Albert Camus sentenciaba en El Mito de Sísifo que tan sólo hay un problema filosóficamente relevante, el suicidio. Básicamente esta demoledora sentencia le servía de introducción para desarrollar el problema del sentido y del absurdo de la existencia humana, y establecer las raíces de una ética laica. Para entendernos, una forma de vivir la dignidad del ser humano sin necesidad de recurrir a la presencia de un ser superior que recompense con paraísos o infiernos los comportamientos de hombres y mujeres juzgados a través de los filtros, evidentemente, de sus intérpretes auto designados. Estas raíces para creer en una ética laica encontrarían arraigo en El hombre rebelde.

Pero antes del filósofo francés ya hubo un pensador que le influenció notablemente y que agrietó los cimientos de una civilización, la occidental, cuya cultura e hipocresía social se bañaban a las orillas de un nihilismo que no era un destino en sí, sino la quirúrgica descripción de una situación que provocaría el nacimiento de una nueva era para la humanidad, despojada de todo aquello que había lastrado su futuro. Sin entrar ahora en conceptos tan complejos y esenciales para entender el devenir contemporáneo de nuestra civilización como “la voluntad de poder”, sí nos detendremos en un concepto cardinal para entender cómo es posible vivir nuestro presente liberándonos de las cadenas de un pasado que nos atrapa y de un futuro que nos aterroriza. Cómo vivir el presente. Lo único que realmente está, en su eternidad, siempre vivo.

Al fin y al cabo, el pasado es una sucesión de imágenes, deseos, impresiones, sentimientos, fracasos que se convirtieron en éxitos, éxitos que terminaron siendo fracasos, conexa, únicamente, por una frágil narración medio inventada. El presente no dura más que el parpadeo de un ojo, y el futuro son proyecciones de imágenes, apetitos insatisfechos, deseos que no podemos cumplir, sentimientos heridos, éxitos que se convertirán en fracasos, futuras decepciones que edulcoramos antes de que sucedan, el primer borrador de un escritor destinado al fracaso. Y aquí entra el atrevimiento de un concepto, un pilar irreverente que desafía la acomodaticia y aburguesada vida de los valores occidentales. Y que nos insta a sonreír irreverentemente a esa vida que en ocasiones no nos parece más que la escenificación de una broma de escala cósmica.

El eterno retorno de lo mismo. No es que la idea sea un concepto original, durante milenios cosmologías habían jugado con esa idea, su propio “maestro” Schopenhauer jugaba con excesiva seriedad con la idea en “Destino e historia”.  Pero más allá de la idea base en Nietzsche; “Cualquier estado que este mundo pueda conseguir tiene que haberlo alcanzado ya, y no sólo una vez, sino innumerables veces, y retornará de igual modo con las fuerzas distribuidas exactamente igual que ahora. Lo mismo hemos de decir del instante que dio a luz a ese instante, y del instante que es el hijo del actual. ¡Hombre!, tu vida entera se invertirá siempre de nuevo como un reloj de arena, y se escurrirá una y otra vez. Se intercalará un gran minuto hasta que vuelvan a juntarse todas las condiciones que han sido el punto de partida de tu devenir en el movimiento circular del mundo”.

Más allá de la idea que sustenta el concepto hay una rabiosa afirmación del sí al presente, del sí al momento, a la vida, de rechazo a las ataduras sutiles y no tan sutiles, que ahogan nuestra existencia.

Se trata de otorgar al aquí y ahora la dignidad de lo eterno, si es cierto que lo que estoy haciendo ahora lo haré innumerables veces, has de hacerlo de tal manera que pueda volver a ti sin horror, has de vivir cada instante como si fuera eterno, pues retorna eternamente. Todas esas fantasías que desalojan al presente en aras de un futuro éxtasis en el cielo, de una beatitud prometida, pierden sentido bajo el eterno presente. La vida ha de atenerse al aquí y ahora. Se trata de danzar jubilosamente con la vida a cada momento.

Digamos sí al presente, como un profeta que perdió su razón de ser o como un bufón, qué más da, pero imaginemos, tal y como nos cuenta el Nietzsche personaje de la adaptación cinematográfica de la novela “El día que Nietzsche lloró” de Irvin D. Yalom : “Si hemos vivido nuestra vida o hemos sido vividos por ella, si añoramos una vida que nunca nos hemos atrevido a vivir. Imaginémonos que un demonio nos asegura que hemos de vivir nuestra vida interminablemente, una y otra vez, sin nada nuevo en ella, dolores, alegrías, siempre repetidas en la misma sucesión, infinitas veces, cada elección es elegida para siempre, y toda la vida no vivida queda presa en el interior sin ser vivida para la eternidad”.

¿Es eso lo que queremos o queremos vivir aquí y ahora la vida, como si el presente fuera eterno?

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”