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Inteligencia emocional y capacidades

Blog - La buena vida - Ana Vega - Sábado, 4 de Noviembre de 2017
'Lost Paradise', de Katarzyna Pacholik.
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'Lost Paradise', de Katarzyna Pacholik.

José Miguel Mestre Novas y Pablo Fernández Berrocal, autores de  Manual de Inteligencia Emocional editado por Pirámide, recogen una definición de este tipo de inteligencia que parte de las habilidades que poseemos a edades tempranas y que se van desarrollando con la madurez.

En su definición no descuidan la atención a los sentimientos ya que son facilitadores del pensamiento y, por lo tanto, hacen necesaria la reflexión sobre las emociones y no sólo el reconocimiento y la gestión eficaz de las mismas para considerar que actuamos de forma inteligente.

Con la madurez y una mayor sofisticación del pensamiento, vamos reconociendo emociones mezcladas o combinadas, complejas o, incluso, reconocer que en determinadas situaciones éstas pueden ser contradictorias

La habilidad para percibir, valorar y expresar emociones aparece entre los tres y cinco años, en los que somos capaces de diferenciar y responder a los gestos faciales que acompañan a las distintas emociones; con los años diferenciamos también las sensaciones corporales que acompañan a las mismas en nosotros y después en los demás; más tarde, conseguimos expresar adecuadamente los sentimientos que generan en nosotros las emociones y, por último, alcanzamos la habilidad de detectar cuando la expresión de una  emoción por parte de alguien es falsa o sincera.

Otra habilidad que desarrolla la persona emocionalmente inteligente es la de generar de forma voluntaria sentimientos que faciliten un pensamiento determinado. Esto es, podemos concentrarnos en recordar episodios del pasado gratos y generar así una emoción positiva en el presente que favorece la creatividad y la eficacia en la resolución de situaciones complicadas o pensamientos que generan emociones gratificantes que favorecen mi visión esperanzada y de confianza en el futuro.

Habilidad para analizar y comprender las emociones empleando el conocimiento que ya poseemos; ser capaces de nombrarlas y distinguir los grados de intensidad entre distintas emociones relacionadas como disgusto, enojo o ira. También poder asociar determinadas circunstancias con una emoción determinada como la tristeza que acompaña siempre a una pérdida o el miedo a una amenaza, lo que nos permite predecir cómo nos sentiremos ante determinadas experiencias.

Con la madurez y una mayor sofisticación del pensamiento, vamos reconociendo emociones mezcladas o combinadas, complejas o, incluso, reconocer que en determinadas situaciones éstas pueden ser contradictorias; por ejemplo, en los deportes de riesgo experimentamos satisfacción, euforia y miedo; o cómo se puede transformarse el amor en odio.

Por último, habilidad para regular de forma reflexiva las emociones para promover con ellas el crecimiento personal e intelectual, el desarrollo de todas nuestras capacidades. Para esto será necesario diferenciar con claridad los sentimientos que genera una emoción ( sea esta positiva o negativa porque todas son necesarias ) y la acción( el comportamiento que puede derivar de ella ). Por ejemplo, la ira ante una injusticia puede provocar un comportamiento poco inteligente emocionalmente y nada eficaz para alcanzar nuestro objetivo si actuamos en caliente y sin reflexionar; pero también podemos optar por guardar la energía y la información que el hecho que nos molesta nos aporta para emplearlas de forma emocionalmente madura y esperar a discutirlo con la cabeza fría.

Debemos intentar entender las emociones propias, cómo se manifiestan en nosotros, cómo influyen en nuestra forma de pensar y de actuar y regularlas sin minimizar o exagerar su importancia. También intentaremos hacerlo con los demás, atendiendo a su cultura y su contexto.

Para acompañar esta lectura, una recomendación musical:

Ángel Stanich, Carbura!

Licenciada en Filosofía. Experta en Género e Igualdad de Oportunidades y especializada en temas de Inteligencia Emocional. Con su blog, La buena vida, no pretende revelarnos nada extraordinario. Tan solo, abrirnos los ojos un poquito más y mostrarnos que la vida puede ser más llevadera.