Un verano en el Parque de las Ciencias.

Los niños, las niñas, y el racismo

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 3 de Julio de 2016
lacajitaenmismanos.blogspot.com

Cuidado con esas pequeñas grietas de odio y repulsión que firman con indiferencia nuestra conciencia y nuestros corazones, ignorarlas no las desvanece, y algunas de ellas albergan en su interior abismos enmascarados.

Localización, un colegio de primaria. Protagonistas, un grupo de niños y niñas de diez años. Situación, recogida de notas. Uno de los niños se dirige a una de las niñas y enfurruñado exclama: ¡Claro, ha sacado un diez en matemáticas porque tiene los genes de su prima! Frase con la que manifestaba su indignación pensando que aquella niña se veía favorecida por su herencia genética a la hora de sacar tan buena nota, ya que la prima, un par de años mayor, siempre ha destacado por sus buenas notas en la materia. El pobre niño debía pensar que su familia no tenía tan buenos genes y él debía esforzarse más que su favorecida, genéticamente, compañera, lo que sin duda le resultaba un poco frustrante. Más allá de la ingenuidad del niño, esa anécdota que es real, sucedida hace pocas semanas, es mucho más esclarecedora de lo que a simple vista parece.

La anécdota me afecta en primera persona, pues sucedió a un miembro de mi familia. Tengo tres pequeños bichos, perdón, tres pequeñas sobrinas. Dos de ellas hermanas de nueve y diez años (la protagonista de la anécdota), y mi otra sobrina, hija de otra de mis hermanas, de doce años (la prima a la que se refería el niño). Adoptada, de origen chino, que se encuentra entre nosotros desde que tenía un año de edad. Las tres han crecido juntas, más como hermanas, que como primas. Y para las hermanas, aunque evidentemente saben que su prima es adoptada, ser china es como ser morena o pelirroja, y ser adoptada tiene la misma importancia que haber nacido en un mes u otro, ninguna. Son primas y se adoran. Punto, como dirían ellas cuando quieren zanjar una discusión conmigo.

El niño quejicoso de la desventaja genética de su compañera, evidentemente conocía a la prima, y que es china, de ahí que fuera conocedor de su destreza con las matemáticas. Pero en su interior nunca juzgó a la prima por su etnia, por su origen, por sus rasgos. Era familia, y por tanto debía compartir algo. Aún más significativo fue oír como mi sobrina de diez años le contaba a su abuela, mi madre, la anécdota. Tampoco se detuvo un segundo, como su compañero, en pensar que no compartía sangre o genes con su prima. Era familia, y por tanto estaba más que orgullosa de haber heredado lo que fuera que fuese de esa prima mayor a la que tanto quiere y admira.

Claro que hay niños que han maltratado o pretendido insultar a mi sobrina por la estrechez de sus ojos, por cierto, preciosos, o por sus rasgos. Aunque su acento, su cultura, su idioma, su idiosincrasia, sea tan granadina o más que la de ellos. Pero los culpables, no son esos niños, son sus padres, son los amigos de sus padres, es lo que ven en la televisión o lo que oyen en la calle. Insultamos o despreciamos a los chinos, gitanos, rumanos, o cualesquiera otros, simplemente porque son diferentes, en etnia o religión. ¿Diferentes en qué?

Otra reflexión se abre camino a través de la anécdota, la absurda importancia que muchas veces damos a los lazos de sangre, cuando hablamos de que la familia es familia. Y sí, claro que es importante cuidar de las personas que comparten tu vida, pero la sangre no tiene nada que ver con ello. Es el cariño, el amor, los problemas, los fracasos y los éxitos compartidos, los que crean lazos que deberían importarnos más que la sangre. Hay personas que comparten nuestras vidas, y que no tienen ningún parentesco genético, pueden ser amigos, hijos adoptados, o quienes quiera que sean, pero lo que nos une, lo que nos llama, no es la coincidencia de unos genes, es la coincidencia en la vida, la comprensión de que no vamos abandonarnos unos a otros sea la circunstancia que sea, que compartiremos éxitos, propios y ajenos, y tristezas, propias y ajenas. Eso es la familia.

El racismo, que tanto daño y tanto debilita nuestras sociedades no se encuentra en el interior de los niños, es algo aprendido. De nosotros, de las familias y nuestro pánico a lo diferente, de la sociedad y su hipocresía, que acepta lo diferente siempre que no nos pase en primera persona. Claro que hay personas que son terriblemente intolerantes, desde sus entrañas, pero el peligro no anda tanto ahí, como cuando escondemos el racismo y la intolerancia, por querer encajar mejor con la ética que sabemos correcta, pero que en el fondo no aceptamos. Qué tolerantes somos mientras son otros los que se ven en problemas porque sus hijos o hijas disfrutan de una sexualidad diferente, o porque han conocido a otra persona que no tiene el mismo tipo de piel, o incluso el mismo estatus social. Pero si eso nos sucede a nosotros…

Si ellos ponen un negocio y nosotros estamos en paro o tenemos que esforzarnos para llegar a final de mes, la culpa no es nuestra, o del gobierno de turno, o de la economía mundial, la culpa es de aquellos que son de otra etnia. No confundamos con raza, que los científicos llevan décadas dejándonos claro que tan sólo hay una en nuestro planeta, la raza humana. Cuántas veces hemos oído a personas que se indignan si les decimos que pecan de racismo, criticar que proliferen tiendas regentadas por personas de una etnia o de otra, siempre que sean diferentes a la nuestra, o restaurantes o lo que sea.  No importa que cumplan todas las legalidades posibles, que paguen impuestos, con los entre otras cosas ayudan a financiar nuestra sanidad y nuestra educación. Importa que hay que culpar siempre al diferente de los propios males y de los propios prejuicios absurdos.

El mundo se ha vuelto loco, vale, ya lo estaba, pero un poco más. Unos fanáticos llevan años aterrorizándonos en nombre de una religión. No importa que el 99´9 % de los que la profesan sean personas que no compartan su comportamiento, pasamos a criminalizarlos a todos. Sin embargo, si un fanático de extrema derecha mata en nombre de la religión mayoritaria de nuestro continente no se nos ocurre culpar al resto de los que la profesan.

Europa ha sufrido un colapso con el referéndum que ha dado pie a la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Una pregunta sencilla sobre un tema muy complejo, con múltiples matices. Pero en realidad lo único que ha prevalecido en la campaña y en el resultado ha sido la llamada a las armas del nacionalismo exacerbado, de ese que clama, envuelto en banderas que el valor de un país no está en la riqueza de sus gentes y en la convivencia de sus culturas, sino en la exclusión dogmática de todo aquello que no pase el filtro de la pureza nacional. No importa que millones de muertos siembren de sangre Europa debido a los terrores a los que esas políticas excluyentes llevan, lo que importa es sacar beneficio a corto plazo de la miseria de la gente, aprovechándose que siempre es más fácil explotar el odio que su contrario.

Las noticias en nuestro país, en verano, se llenan de las pateras llenas de hombres, mujeres y niños que se juegan la vida porque están desesperados, como los refugiados que huyen de bombas, violaciones, masacres. Pero son diferentes, no somos nosotros, por qué habríamos de sentirnos concernidos. Diferentes para los adultos, pero no para los niños y las niñas. Para ellos no hay personas de primera, de segunda y de tercera. Para ellos no hay colores diferentes de piel, no hay niños gitanos o rumanos o chinos o marroquíes o ingleses. Para ellos hay otros niños y otras niñas con los que jugar, reír, pelearse, arreglarse, llorar, aprender. Hay amigos y amigas.

Siempre se habla de lo egoístas que pueden ser los niños pequeños, que lo son, pero ese instinto que divide al mundo entre el yo y los otros, no distingue a los otros por categorías tan absurdas como religión, color de piel, rasgos, riqueza o pobreza. Y una vez aprendido el valor de compartir, no sienten más prejuicio que el ajeno que exportan de los modelos de educación que se les imponen, de sus familiares, de los amigos de la familia y especialmente de los padres.

En la limpieza en la mirada de niños y niñas, se encuentra nuestro futuro como sociedad. Ayudemos a mantenerla limpia y no a enturbiarla, o estaremos enturbiando y maldiciendo su futuro, y nuestro presente.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”