Un verano en el Parque de las Ciencias.

No me has entendido o no me he explicado

Blog - La buena vida - Ana Vega - Sábado, 2 de Julio de 2016
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Cualquiera de nosotros hemos tenido alguna vez la experiencia de decir algo que pensamos que está lo suficientemente claro y nos hemos sorprendido al escuchar la respuesta de nuestro interlocutor que pone de manifiesto que ha entendido algo distinto. Un comentario inocente se toma como algo personal por quien tenemos enfrente; o al revés, rechazamos un ofrecimiento sincero porque entendemos que va con segundas. Y es que para que la comunicación sea real, la idea debe ser transmitida de forma que la imagen mental que genere en el receptor coincida con la del emisor.

Cada uno de nosotros tiene una formación, experiencia de vida y forma de ser diferente y, por lo tanto, estamos y vemos el mundo de forma única; pero si queremos establecer una comunicación real y llegar a compenetrarnos con alguien tendremos que aceptar y respetar la visión del mundo del otro. No se trata de olvidar quiénes somos y adoptar su visión, basta con hacerle ver que la respetamos. Para la Programación Neurolinguística podemos impulsar esta compenetración mediante las palabras, el lenguaje corporal y nuestro tono de voz.

En cuanto a las palabras nos aconseja emplear el mismo vocabulario que la persona con la que nos intentamos comunicar, ponerse al mismo nivel. Tomar de forma literal las palabras que emplea y respetar el significado preciso que tienen para el hablante porque esto evidencia que estamos escuchando atentamente. También será muy importante respetar la profundidad de los temas a tratar y el grado de intimidad que el otro quiera alcanzar; debemos moderar la forma de abrirnos al otro si percibimos que la persona que tengo enfrente se sentiría incómoda haciendo lo mismo. En esencia, la conversación es un ejercicio de equilibrio si queremos llegar a buen puerto.

Aunque conscientemente prestemos una mayor atención a las palabras cuando entablamos una conversación, el lenguaje corporal y el tono que empleamos tendrán un mayor impacto sobre la imagen que nos hagamos de nuestro interlocutor, principalmente de su sinceridad. Las investigaciones demuestran que, en caso de contradicción entre el mensaje verbal y el no verbal, en la mayoría de los casos concedemos una mayor credibilidad al lenguaje no verbal.

Como dice el psiquiatra Castilla del Pino en Aflorismos (Tusquets, 2011 ) el rostro hay que leerlo; con la cara se nace pero el rostro se hace y el gran logro es su interpretación. Si partimos de que la conversación es nuestra principal herramienta para interrelacionarnos con los demás, atenderemos a los componentes no verbales que envuelven el mensaje y podrían delatar una falta de seguridad o sinceridad en nosotros o nuestros planteamientos.

La expresión facial muestra nuestro estado emocional, nuestra actitud hacia quien nos habla y nuestra mayor o menor comprensión de lo que nos cuenta. Será necesario que se corresponda con el mensaje que estamos transmitiendo; mirando a nuestro interlocutor mientras hablamos y, además, la fijación de la mirada aumentará en el turno de la escucha.

Los gestos realizados con las manos, cabeza y pies servirán para apoyar nuestra posición y no contradecir nuestro mensaje verbal que se acompañará de movimientos espontáneos. Cuantas veces pensamos que los gestos de alguien son forzados y, por lo tanto, intentan ocultar algo o no nos dicen toda la verdad.

La apariencia externa también forma parte, lo queramos o no de nuestro lenguaje no verbal; mostraremos al mundo en el que nos movemos quiénes somos. La primera impresión tarda unos 10 segundos en formarse y tendemos a mantenerla en el tiempo.

Será importante acompasar nuestros gestos con los de nuestro interlocutor; no imitarlos pero sí adoptar la misma postura corporal si esta es de acercamiento o evitar sobrepasar la distancia considerada como espacio personal (entre 45 y 125 centímetro), sin pedir permiso o si vemos que se incomoda. Intentar mirar a los ojos con la misma intensidad durante la charla porque, si lo hacemos mucho más, podría sentirse intimidado y, si lo hacemos con mucha menos intensidad, podría interpretar que no estamos a gusto.

Por último, ayudará ajustar nuestro tono y velocidad al hablar con la de nuestro compañero de conversación. El volumen será el adecuado al mensaje, evitando hablar demasiado bajo que transmite timidez o inseguridad y demasiado alto que puede resultar agresivo o prepotente; el tono uniforme y el discurso fluido. La claridad y la velocidad del discurso permitirán entender a nuestro interlocutor lo que deseamos comunicarle sin distorsiones.

 

 

Imagen de Ana Vega

Licenciada en Filosofía. Experta en Género e Igualdad de Oportunidades y especializada en temas de Inteligencia Emocional. Con su blog, La buena vida, no pretende revelarnos nada extraordinario. Tan solo, abrirnos los ojos un poquito más y mostrarnos que la vida puede ser más llevadera.