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CCOO las homenajea en las vísperas de 88 aniversario de la proclamación de la II República

Las 8 rosas de Granada

Ciudadanía - Redacción El Independiente de Granada - Sábado, 13 de Abril de 2019
Rescatamos uno de los crueles episodios de la Guerra Civil, el asesinato de ‘las ocho rosas de Granada’, junto a 29 hombres, homenajeadas por CCOO, en la víspera del 88 aniversario de la proclamación de la II República.
Tapia del cementerio de San José.
P.V.M.
Tapia del cementerio de San José.
El 4 de octubre de 1938 fueron fusilados a las 6 de la mañana en las tapias del cementerio de Granada 37 personas tras un juicio sumarísimo, entre ellas, Conchita Peinado Ruiz y su hermana Gracia; Concha Moreno Grados; Laura Ballesteros Girón; Mercedes Romero Robles; Angustias Ruiz Pérez; Remedios Heredia Flores y Filomena Santoyo Bernal. Las ocho rosas de Granada. Sus nombres y de sus compañeros asesinados el mismo día están escritos en el memorial del cementerio de San José. Contamos su historia gracias a Enriqueta Barranco y a la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica.

Enriqueta Barranco, en su libro La Tía del abanico, 1938. Espionaje en Granada, tras una minuciosa investigación, en colaboración con la historiadora María Isabel Brenes Sánchez, narra la historia que acabó con el fusilamiento de 37 izquierdistas granadinos, entre ellas las ‘8 rosas’, tras un atentado con carta-bomba contra el jefe de los espías del golpe.

La historia comienza hacia finales de 1937, con una Granada cercada por tropas republicanas y unas líneas muy permeables. Las autoridades golpistas mantenían su poder a base de una política de terror y asesinatos en las tapias del cementerio; los nacionales tenían las armas, pero en la ciudad había mayoría de gentes con ideologías izquierdistas. Los barrios obreros (especialmente el Albaicín y San Lázaro) eran vigilados por el espionaje y contraespionaje local.

Memorial a las víctimas del franquismo frente a la tapia del cementerio de Granada. P.V.M.

Al frente del orden público y del servicio de espionaje se encontraba el capitán Mariano Pelayo Navarro. Era un oficial con oficina en la Comandancia de las Palmas, que de cara a la calle era el responsable de caja, pero interiormente fue el jefe del espionaje político y militar. Para ello, estaba utilizando los servicios de José Yudes Leyva, un obrero del Albaicín de familia republicana, a quien sacó de la cárcel para obligarle a cumplir ese cometido. De vez en cuando lo enviaba a zona roja a captar información.

La tía del Abanico -Alicia Herrera Baquero- fue una espía republicana interceptada por Pelayo cuando llegó a Granada y a la que alistó para la causa y a su supuesto marido para efectuar contraespionaje. Primero, mediante una taberna que abrieron en la calle Puentezuelas; pero al no darles mucho resultado, les ubicaron en un piso de la calle Tinajilla para hacer proselitismo. Este piso lo habilitaron para citar a conspiradores de izquierdas, mientras en una habitación contigua se encontraban a la escucha los guardias civiles de Pelayo, e incluso el propio capitán. El objetivo era ir identificando poco a poco a los izquierdistas dispuestos a conspirar contra el alzamiento.

Entre los contactos que estableció Alicia había ocho mujeres. Son Conchita y Gracia Peinado Ruiz, dos hermanas bordadoras y vecinas del Carmen de la Fuente, acusadas de haber favorecido la evasión de personas por el carmen hacia la zona republicana y también de beneficiar la comunicación con espías republicanos que entraban y salían de su casa.

En sus idas y venidas a la cárcel para visitar a su padre, Jesús Peinado Zafra, conocieron a Concha Moreno Grados, modista e hija de Rafael Moreno Ayala, conocido socialista de la ciudad, amigo de Fernando de los Ríos y Alejandro Otero.

Otra de aquellas rosas es Laura Ballesteros Girón, vecina de la Bobadilla miembro del partido comunista que había trabajado en la fábrica de tabacos lo que le permitió establecer contactos con izquierdistas destacados de la provincia.

Tambien, Mercedes Romero Robles, conocida como Mercedes ‘la de Huéneja’, era una empleada del servicio doméstico que parece que llegó a Granada ya como espía. Por las cuevas del Sacromonte entraban y salían enlaces republicanos. Allí mandó Pelayo a la ‘ía del Abanico’y allí conoció a Angustias Ruiz Pérez y a Remedios Heredia Flores que ofrecían sus casas a quienes intentaban escapar a la zona roja por el Camino del Monte.

La lista la cierra Filomena Santoyo Bernal, otra amiga de las Niñas del Carmen de las Fuente de la que quizá se vengaron por ser una persona de cierta relevancia desde el punto de vista social.

Pero el plan de Pelayo saltó por los aires el día 6 de junio de 1938. De madrugada se presentó en el cuartel de Las Palmas su contraespía José Yudes Leyva. Venía de zona roja por la sierra de Huétor Santillán. Traía en sus manos un paquete destinado al capitán. Era evidente que Yudes no sabía de qué se trataba, ya que se lo entregó y quedó sentado en el despacho mientras el mando procedía a abrirlo. Traía una carta-bomba que le estalló en las manos. El resultado fue la amputación de la mano izquierda, el destrozo de la mandíbula y la pérdida de un ojo.

Sin un juicio justo, sin garantías ni contemplaciones, acusadas de delitos de traición, de rebelión militar o adhesión a la rebelión. En el proceso, como reconstruye Enriqueta Barranco, hay mentiras y medias verdades. Testimonios conseguidos con medios coercitivos, declaraciones viciadas. Hubo quién no soportó el porvenir que le aguardaba y puso fin a su vida. Otros, tras interrogatorios bajo torturas, murieron en prisión

José Yudes fue inmediatamente detenido. Pelayo pasó al Hotel Palace, que estaba convertido en hospital de guerra. En dos meses estaba repuesto, sin ojo y sin mano. El mes siguiente al atentado fueron detenidas y encarceladas casi un centenar de personas, incluidos Alicia y su esposo. Se formó un consejo de guerra en la Chancillería que enjuició el caso en dos sesiones, el 22 de agosto de 1938. La autoridad militar adoptó dos decisiones: la primera, utilizar aquel consejo como arma psicológica para templar los rumores sobre una revuelta interior en la ciudad; y la segunda, aprovechar los tres medios de comunicación a su disposición para amedrentar a la población: Ideal, Patria y Radio Granada. Se dio un despliegue inusual al caso. Se invitó a la gente a concentrarse en Plaza Nueva a ver entrar y salir a las decenas de reos esposados. Incluso fueron publicadas fotografías de ellos.

José Yudes Leyva, el joven contraespía que llevó la carta-bomba a Pelayo sin conocer su contenido.

Las peticiones de pena de la fiscalía fueron durísimas: entraron a la vista oral con 41 peticiones de muerte y salieron pocas horas después con 37 confirmadas. Todos los condenados a muerte (29 hombres y 8 mujeres) fueron pasados por las armas el 4 de octubre de 1938. Sin un juicio justo, sin garantías ni contemplaciones, acusadas de delitos de traición, de rebelión militar o adhesión a la rebelión. En el proceso, como reconstruye Enriqueta Barranco, hay mentiras y medias verdades. Testimonios conseguidos con medios coercitivos, declaraciones viciadas. Hubo quién no soportó el porvenir que le aguardaba y puso fin a su vida. Otros, tras interrogatorios bajo torturas, murieron en prisión.

Fotografía publicada por Ideal el 23 de agosto de 1938, a la salida de los condenados a muerte en el consejo de guerra. Fueron fusilados el 4 de octubre en las tapias del cementerio.

El proceso sirvió de escarmiento, para tener controlados a gremios como el del transporte o los cuerpos de seguridad del estado, y entre los fusilados hay miembros de la guardia de asalto y trabajadores del ferrocarril o tranvías.

Mariano Pelayo, como investigó Enriqueta Barraco, no fue un simple guardia civil, ni un simple delegado del gobierno para el Orden Público, sino que llegó a ser el jefe de los servicios secretos Andalucía oriental y un personaje fundamental para que triunfara el Golpe de Estado en Granada.

La documentación estudiada por Barranco demuestra que en 1938 hubo en Granada agentes de la Gestapo que instruían a los militares españoles sobre cómo había que interrogar y torturar a los detenidos. Y Pelayo fue entrenado por la policía secreta alemana.

El capitán Pelayo fue condecorado el 18 de julio de 1942 con la Medalla Militar en la puerta del Ayuntamiento. Una vez recuperado del atentado, ascendió a jefe del espionaje en Andalucía y tuvo larga carrera militar hasta su jubilación.

CCOO de Granada organizó el pasado jueves el homenaje a las ‘8 rosas’ para que su recuerdo no se lo lleve el viento.

Precisamente José Blanco, responsable de Política Institucional de CCOO Andalucía, destacó la importancia de la lucha por las libertades y la democracia que se desarrolló durante la dictadura, “una lucha diaria que hoy continuamos y defendemos desde CCOO”, señaló.



Como destacaron el secretario general de CCOO Granada, Ricardo Flores y la responsable de Mujer, Eva Calderón, el objetivo del homenaje no es otro que "poner en pie la historia conscientemente sepultada, todavía incompleta, porque queremos recuperar a quienes se quedaron en la cuneta de esa historia, sacar del silencio impuesto a quienes les quitaron la voz y darles la dignidad que se merecen".

En el transcurso del acto fue entrevistada Enriqueta Barranco, autora del libro La tía del Abanico, que, junto a Alfonso Martínez Foronda, director del homenaje, desvelaron la Granada de espías y contraespías que llevaron a las ocho rosas a ser condenadas a muerte, y a morir fusiladas el cuatro de octubre de 1938.

En el acto, se resaltó la orden franquista de golpear aún con más fuerza a las mujeres de izquierda que estaban organizadas, lo que llevó a militantes de partido político y organizaciones sindicales a penas mayores.

La lectura de poemas, la actuación del grupo Canto Amigo y la actuación del grupo Komikos cerraron el acto.

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