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Retrato desgarrado del machismo y acoso cotidiano que las mujeres sufren

Igualdad, ¿qué igualdad?

Ciudadanía - Juan I. Pérez - Miércoles, 8 de Marzo de 2017
Retrato desgarrado del machismo y acoso cotidiano que, contado por ellas, las mujeres sufren en el trabajo, en su vida social o hasta en la práctica del deporte… que denigra y debe avergonzarnos, y hacernos reflexionar para que de una vez por todas se acabe con la humillación diaria a la que están sometidas, tan tristemente arraigada en nuestras vida, pese a los avances. Que todos los días sean 8 de marzo.
P.V.M.
“No hay espacio en el que las mujeres se sientan a salvo, completamente a salvo”, sostienen mujeres, algunas, incluso, con relevancia social, que han dado su testimonio para denunciar el acoso, hostigamiento, persecución, y la discriminación que sufren. Actitudes micromachistas, machistas, aunque más bien hipermachistas, que molestan, insultan, agotan… Y si acaso existiera un medidor de comportamientos detestables, semejante a un antiguo termómetro, muchas de esas harían romper el cristal para verter el mercurio. Intolerables, delictivas.
 
Una conductora de autobús está tan acostumbrada a que algunos pasajeros no se quieran subir con ella al volante, que hasta lo recuerda con sorna. Y eso sucede en la Gran Vía de Granada, al mediodía. Sin bajar del transporte público, universitarias que estudian en el campus de Cartuja tienen identificado a una pandilla juvenil que lo viernes, aprovechando los llenos en horas punta, “se echan encima” de chicas con la excusa de los frenazos y vaivenes.
 

 
M. practica el atletismo. Con 16 años no falta a un entrenamiento en las pistas del Núñez Blanca del Zaidín. Desde las vallas que separan el complejo deportivo de la calle Torres de Pedro Morales, se siente observada. Una tarde tuvo que escuchar cómo un hombre a gritos le increpaba con insultos por haber cambiado su indumentaria habitual por una sudadera y pantalón de chándal amplio.
 
Un padre que recoge a su hija de natación, en la piscina contigua, cuenta que la recoge “siempre”, tras advertir la chica la presencia de “tíos” en los setos observando las evoluciones de las nadadoras y verlos, luego, merodeando en la puerta de salida.
 
A. trata de no perderse las carreras de fondo urbanas, que se celebran en la capital y en el área metropolitana. Asiste con amigas y amigos, sin más pretensiones que hacer deporte. Harta está, dice, de los comentarios de algunos ‘machitos’ que corren sobre participantes. En una de ellas, -una marcha solidaria- se dio la vuelta para recriminarles lo que los ‘machotes’ no se atreverían a insinuar a sus hermanas o a sus madres. A uno de ellos le sorprendió haciéndole fotos con el móvil. Les separaba un metro. Le dio un manotazo que acabó con el smartphone por los suelos. Antes de proseguir la marcha, lo pisoteó. 
 
“Tú no tienes ni puta idea y no nos vas a atender”, le chilló en público un hombre a una joven doctora, en una consulta de especialidad, cuando salió a recibir a la paciente, una mujer de avanzada edad, escoltada por dos hijos. Lo dijo el mayor de ellos, que al retirarse con la madre mascullaba que una “niñata” cómo la iba a curar.
 
En el ámbito laboral, los casos se suceden. Repugnan. En una entrevista de trabajo para un puesto menor R.M., sin contacto con el público, puesto que era en una nave y la empresa facilitaba la indumentaria, un mono, fue preguntada por el tipo de ropa que solía llevar, si vestía minifaldas y lucía escote, si salía por la noche y qué bares frecuentaba, si le gustaba “arreglarse”. Además de si tenía pareja o no. Se negó a contestar a esas preguntas. Por supuesto, no fue contratada.
 
 
Miedo a denunciar, incluso en una empresa grande. Lo admite una empleada que debe soportar que un veterano compañero dedique parte de la jornada a ver pornografía en internet, sin disimulo. En otro centro laboral, trabajadoras eran sorprendidas a menudo por algunos compañeros en el vestuario y aseo destinado a ellas. 
 
Más duele que sea una mujer la protagonista del machismo exacerbado, como deben soportar trabajadoras en una empresa de una jefa que ascendió, sostienen, reproduciendo roles masculinos. Acosadas durante embarazos y enfermedades laborales, para que volvieran cuanto antes a trabajar, en llamadas y correos electrónicos. Las broncas a subordinadas son siempre más agrias que a los compañeros, justificadas o no, por hechos idénticos. Nunca promocionará a una mujer, a pesar de que fuera del trabajo exprime su condición para alcanzar relevancia social, lo cuentan con tristeza.
 
Empleadas de hogar, “¿Qué no soportan en las casas”, cuando laboran con patronos que se comportan como “señores feudales”, dice una, ya jubilada, con lágrimas en los ojos.
 
Mayte Carrasco es una de las periodistas y mujeres españolas de referencia, admirada y reconocida en medio medio. Especializada en conflictos bélicos, como corresponsal de guerra freelance, es también escritora, analista y profesora. Premiada por su trabajo, es también madre. Hace días publicó, con valentía,  en su muro de Facebook su testimonio sobre lo que ha sufrido y aún debe sufrir. Con su permiso, agradecidos por su valentía, lo reproducimos. Estremece:

#amitambienmehapasado cobrar menos que mis compañeros hombres cuando trabajaba en Andalucía como reportera para la televisión cuando hacía exactamente el mismo trabajo que ellos.

#amitambienmehapasado tener que soportar que en un jurado de un importante premio de Reporterismo de Guerra y en el que estaba nominada por mi cobertura de la guerra de Siria, en el que se supone que se ensalzan los méritos profesionales de los tres finalistas entre los directores de los medios españoles, que un conocido compañero miembro del jurado se permita recomendar que me descarten porque “se ha acostado con el jefe”, según él. Y que las mujeres del jurado lo permitan. Y que pierda y gane un hombre.

#amitambienmehapasado que embarazada, y siendo autónoma, un compañero de profesión exitoso me contratara para hacer un guión para un documental para una gran televisión española, sin contrato. Que me echara embarazada en el quinto mes y dejándome sin los ingresos prometidos, y me quedara sin dinero ni para pagar el alquiler del piso. Que por esta circunstancia, los dueños del piso de alquiler me echaran diez días después de parir sin miramientos, y enseñándolo los meses previos al parto mientras yo me retorcía del dolor de las contracciones en la cama.



Mayte Carrasco, retratada por William Daniels. 

#amitambienmehapasado tener que escuchar que cuando voy a la guerra “estoy loca”, “desequilibrada”, mientras los hombres tienen muchos “cojones”. Que algunos de ellos sobre el terreno, decidan no entrar a una zona peligrosa porque yo estoy ese día con ellos, y cuando ya no estoy, si van. Que un compañero me niegue un buen contacto para entrar en Siria “porque no quiero que arriesgues tu culo bonito”, frase textual.

#amitambienmehapasado tener que escuchar de la sociedad en su conjunto que ahora que soy madre debo sacrificarme, cuidar del bebé sin pedir ayuda a mi pareja, porque él está en “su mejor momento profesional” y gana más que yo, y merece todo su tiempo para trabajar. Que debo “tener una vida más tranquila” y dejar de viajar. Que en todas las conferencias me pregunten que cómo lo hago para ser madre y reportera, mientras que a los hombres no le preguntan cómo lo hacen para ser padres y reporteros.

#amitambienmehapasado que en una reunión de trabajo me corten el discurso o la frase sin dejarme terminar, porque un compañero tiene algo que decir que él considera más importante de lo que estoy diciendo.

Desde la facultad, #amitambienmehapasado tener que escuchar constantemente que cualquier mérito profesional (incluso conseguir una beca Erasmus), es gracias a mi encanto /flirteo o incluso mis supuestas relaciones sexuales con éste o con aquel: profesores, jefes, compañeros.

#amitambienmehapasado que me digan que con 42 años soy demasiado joven para tener premios, y demasiado vieja para ser contratada por un medio de comunicación o cualquier empresa de otra índole. Y ver cómo un hombre gana premios con 42 y con muchos menos, y es contratado a los 42 para grandes puestos directivos, porque aún es joven.
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