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artículo por juan pinilla

'Hasta siempre, compañero'

Ciudadanía - Juan Pinilla - Martes, 17 de Febrero de 2026
Juan Pinilla despide con este monumental artículo a su amigo Juan Pérez.
Juan Pinilla, junto a Juan Pérez a la puerta de la Fiscalía del TSJA.
IndeGranada
Juan Pinilla, junto a Juan Pérez a la puerta de la Fiscalía del TSJA.

En un mundo que alza muros cada vez más altos, que perfecciona sistemas de vigilancia sutiles (auténticos panópticos digitales que hace ya tiempo socavaron los derechos básicos de la ciudadanía) y que se instituye en la posverdad, el antiperiodismo y una cultura de la pandereta convertida en coartada, como telón oscuro y decadente de una época gris en la que los nostálgicos de la dictadura afilan los cuchillos del odio, nos dice adiós una persona que encarnaba, en sí misma, el valor más antagónico a esa sombra que se cierne sobre la realidad contemporánea. 

Juan se aleja con su mística roja y nos dice adiós desde la retaguardia, con el puño en alto, cansado ya de tanta lucha, prematuramente desahuciado por una delicada salud de hierro que no le arredró para seguir peleando por aquello que consideraba justo

Juan Pérez ha tenido tiempo de conocer a su nieta, quizá su última ilusión, el postrer arrebato de amor a este mundo sombrío que se erige excluyente de sí mismo. Juan se aleja con su mística roja y nos dice adiós desde la retaguardia, con el puño en alto, cansado ya de tanta lucha, prematuramente desahuciado por una delicada salud de hierro que no le arredró para seguir peleando por aquello que consideraba justo.

Mucho antes de que los agitadores ultras hicieran su aparición estelar, mucho antes de que los bulos y las sandeces periodísticas alcanzaran estatus y aceptabilidad de masas, nos tocó lidiar con una de las olas de hostigamiento más agresivas que ha conocido nuestra sociedad en los últimos tiempos. Aquella corriente ensayó todos los exabruptos que hoy se elevan a categoría ontológica por los alvises, ndongos y vitoquiles (así, en minúscula) de turno. Juan Pérez plantó cara con una entereza inusual a un ejército de agitadores que le insultaron, le desearon mil veces la muerte, infectaron las redes con su rostro (y con el mío), llegaron a recoger más de tres mil firmas para declararnos personas “non gratas” e investigaron cada uno de sus movimientos durante largo tiempo, en un ejercicio de acoso sistemático que pretendía doblegarlo.

Hoy, cuando su partida abre un hueco difícil de colmar en la conciencia cívica de nuestra tierra, conviene traer al recuerdo que el verdadero legado que nos deja el amigo Juan Pérez se mide en la coherencia de una vida entregada a la defensa obstinada de la justicia

Pero no pudieron. Nadie se atrevió en aquellos días, ante tanto miedo sembrado, a ponerse al frente. Solo él, que había salido siempre adelante a fuerza de trabajo y determinación, ofreció el rostro a fuer de que se lo partieran. Y así fue. Permanecía, sin embargo, impasible e impermeable a la calumnia, porque el campo de batalla era su terreno natural. Él, que huyó muy joven de una infancia difícil, donde la hermosa tierra de Montefrío quedaba en su memoria como una imagen difusa y dolorosa; él, que desde temprano se buscó la vida y formó parte activa de aquella agitación cultural que sacudió Granada en los años ochenta; él, que estuvo cerca de García de la Rúa, que combatió desde la CNT y la lucha vecinal hasta desembarcar, en los últimos tiempos, en posiciones próximas al PCA, fue quien con mayor ahínco, y casi en soledad, pronunció un no rotundo, como un Raimon granadino, tenaz y valiente, dispuesto a sostener la dignidad incluso cuando el viento soplaba en contra.

Hoy, cuando su partida abre un hueco difícil de colmar en la conciencia cívica de nuestra tierra, conviene traer al recuerdo que el verdadero legado que nos deja el amigo Juan Pérez se mide en la coherencia de una vida entregada a la defensa obstinada de la justicia. Frente al mucho ruido, eligió las nueces; frente a la intimidación, la entereza; frente al cálculo interesado, la generosidad extrema y la lealtad a unos principios que consideraba innegociables. Su muerte no clausura una trayectoria, más bien lo eleva a los altares laicos de la honestidad sin fisuras, y nosotros (Agustín Martínez, Enrique Moratalla, Agustín Ruiz Robledo, Álvaro Martínez Sevilla, Juan Francisco Delgado, Chema Rueda…), agrupados en esa noble cofradía que él mismo fundó, lloramos con ese “llanto militar” que escribió Quevedo, y cantamos hernandianamente porque se ha ido demasiado pronto, y porque lo esperamos, en los sitios de siempre, para hablar aún de muchas cosas, “compañero del alma, compañero”.

 

 

 

 

 

 

 

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