Silvia González reivindica la memoria de las mujeres represaliadas y asesinadas por el franquismo

Un "denso silencio" ha pesado sobre la memoria de las mujeres que fueron represaliadas y asesinadas por el franquismo. Esa es una de las conclusiones que los años dedicada a recuperar su memoria tiene grabada la memorialista Silvia González, puntal para muchas familias que han encontrado en su desinteresado trabajo la manera de conocer más sobre esa abuela, madre o hermana ejecutadas tras el golpe militar de 1936. Muchos familiares han arrastrado durante años esa falta de información por el miedo que impuso la dictadura. Sus allegados fueron detenidos, ejecutados y sepultados en fosas como las del Barranco de Víznar, donde la memorialista ha reconstruido las historias de 41 mujeres, en un trabajo que ahora comparte con Agustín Linares y José Peña.
La memorialista impartió una conferencia al alumnado del Instituto de Educación Permanente Juan Latino de Granada
De los hombres había más información. De las mujeres, nada. "La invisibilidad es también una forma de violencia", expuso Silvia González al alumnado del Instituto Provincial de Educación Permanente Juan Latino en el transcurso de la charla "La represión franquista a las mujeres asesinadas en Víznar. Una visión desde la Memoria de la España que pasó de la dictadura a la Libertad", enmarcada en el ciclo de conferencias "España en Libertad. 50 años" organizado por El Independiente de Granada.
Porque hay grandes investigadoras, cuyos nombres citó, como Antonina Rodrigo, Enriqueta Barranco, Mercedes del Amo, su admirada Encarnación Barranquero o como lo fue Marta Osorio, que se han dedicado a recuperar la memoria de las mujeres. Pero la historia de la guerra y la represión se ha contado fundamentalmente desde una perspectiva "masculinizada y militarizada".
Las mujeres que fueron ejecutadas por los golpistas en Víznar pertenecían a profesiones más feminizadas, como modistas, tejedoras, también trabajadoras del tabaco y vendedoras ambulantes
Las mujeres que fueron ejecutadas por los golpistas en Víznar pertenecían a profesiones más feminizadas, como modistas, tejedoras, también trabajadoras del tabaco y vendedoras ambulantes. La mayoría de las mujeres represaliadas procedían de núcleos rurales, pequeños pueblos donde se produjeron más delaciones. "En la ciudad puedes mimetizarte, en un pueblo no te escapas", contó tras señalar a modo de ejemplo que de los 900 expedientes de responsabilidades políticas correspondientes a mujeres que hay en los archivos, el 91 por ciento corresponde a mujeres de la provincia y el otro 9 por ciento a mujeres de la capital.
"Hay un peligro real de involución" para las mujeres y nuestros derechos, advirtió
Conocer el pasado, resaltó la memorialista, es imprescindible para que "estas cosas no se repitan". Más aún en un momento en el que, como advirtió, "hay un peligro real de involución fascista", un peligro real "sobre las mujeres y nuestros derechos".
Pero su charla no fue de números, sino de emociones. De las lágrimas que brotan cuando, después de investigar a fondo la vida y las circunstancias familiares, políticas o laborales de alguna de estas mujeres, son exhumadas e identificadas, como ocurrió con Eloísa Martín Cantal, cuyos restos fueron entregados a un hermano nonagenario que aún vive. "He llorado muchísimo" con esos casos, tanto el de Eloísa como el de otras víctimas, también hombres, como Antonio Rosales Ruiz, enfermero de San Juan de Dios que fue asesinado.
En el caso de Eloísa, modista de 19 años, su asesinato fue "por sustitución", es decir, como no pudieron encontrar a su hermano y a su padre, vinculados a UGT y al Partido Socialista, ella fue asesinada.
"Romper el silencio" ayuda también a superar el trauma que se arrastra cuando algún familiar ha sido víctima del franquismo. Hablar "reconforta" a las familias, subrayó Silvia González.
Durante la charla repasó las historias de algunas de estas mujeres, como la de Enriqueta García de la Plata, "que se iba a las manifestaciones obreras con su brazalete" y a la que su marido mantuvo escondida en un pozo seco. Pero un vecino insistió en que se encontraba en la casa y fue detenida, encarcelada y ejecutada.
Las familias que iban a prisión llevaban comidas y mudas pero no veían a sus familiares detenidos. A Enriqueta García de la Plata sus hijos lograron verla por una ventana del convento de San Gregorio: estaba rapada y tenía el rastro de los golpes en la cara
A partir de su historia, Silvia contó al alumnado que las familias que iban a la prisión o los lugares habilitados como centros de detención, como Torres Bermejas o el Convento de San Gregorio, llevaban comida y mudas pero no veían a los reos o a las personas detenidas. En el caso de Enriqueta, sus hijos -tuvo nueve- la vieron por una ventana del convento. Estaba rapada y su cara tenía el rastro de haber sido golpeada.
También dio pinceladas de la historia de Rosario Fregenal, la modista de la hermana de Falla. La denunciaron con acusaciones de "roja y revolucionaria", pero el testimonio de una vecina del Realejo a su favor reflejó una realidad bien distinta. Dijo que, si todo el barrio pudiese hablar, lo haría a favor de ella, porque era "trabajadora y caritativa".
La historia de Teresa Gómez Juárez y su hermana, asesinadas en Víznar los días 6 y 7 de octubre del 36. De Teresa, a Silvia González le fascinaron unas palabras en las que, como militante activa de base, expresaba su respeto por todas las ideologías y se mostraba partidaria de atraer a las mujeres a la política fuesen cuales fuesen sus ideas. Pensaba: "si somos más, si votamos, conseguiremos más cosas".
"Las mujeres que quedaron -viudas, hijas, madres...- tuvieron que tirar para delante con un rechazo social impresionante"
O la historia de Concha Pertíñez Tabasco, que creó un grupo feminista en Santa Fe. Antes de asesinarla, la raparon, le dieron aceite de ricino y la pasearon por el pueblo. Su hijo de diez años le rogó al cura que salvara a su madre. Fue ejecutada. Concha, contó la memorialista Silvia González, tiene una calle en Santa Fe, de las pocas localidades que guarda la memoria de estas víctimas en su callejero.
Y, al recordar a Concha y su deseo de que, en lugar del callejón que lleva su nombre, esta mujer tuviera una gran calle, como la gran persona que fue, hizo también hincapié en que la represión también la sufrieron los familiares que quedaron con vida. "Las mujeres que quedaron -viudas, hijas, madres...- tuvieron que tirar para delante con un rechazo social impresionante". Como la esposa del enfermero de San Juan de Dios Antonio Rosales. Un día ella, relató Silvia González, se encontró en el Zacatín a uno de los guardias de asalto que se llevó a su marido. Lo cogió de las solapas y le conminó a que le dijera dónde estaba su marido. Lo han matado en Víznar, le contestó. Le había dado el anillo de casado y una foto de su hijo al captor, que luego quemó.
Ser memorialista, confesó Silvia González al alumnado y docentes que llenaba el aula, es un trabajo de investigación "solitario y difícil", pero "no puede haber mejor pago a tantas horas de sacrificio y de tu tiempo libre que ver cómo los restos de Eloísa fueron entregados a su hermano". Eso es la memoria.






























