Artículo de Opinión por Victoria Robles Sanjuán, docente y feminista de la UGR y enlace de feminismo de Podemos Granada

'Las universidades, el mandato de las mujeres y el deber de llamar a la huelga del 8 de marzo'

Política - Victoria Robles Sanjuán - Lunes, 19 de Febrero de 2018
Victoria Robles Sanjuán, profesora y feminista de la UGR y enlace de feminismo de Podemos en la provincia de Granada, firma este artículo de opinión sobre feminismo y universidades, en una llamada a participar en la huelga de mujeres convocada para el próximo 8 de marzo. No te lo pierdas.
Una de las pancartas reivindicativas de la manifestación en Granada del pasado 8 de marzo.
P.V.M.
Una de las pancartas reivindicativas de la manifestación en Granada del pasado 8 de marzo.

Desde que era una aprendiza de la teoría feminista, ésa que por fortuna se imparte desde hace décadas dentro (y fuera) de las Universidades como un buque insignia del compromiso de las academias con la igualdad, supe de la importancia de tener poder por ser mujer. Pero las formas en que al grueso de mujeres nos era donado ese poder “muy femenino y muy nuestro” han sido trampas fulleras, porque siempre que ejerciéramos nuestro cometido histórico en la familia y el hogar, el sistema de opresión nos tendría asignado como premio ese ansiado “poder” para cambiar el mundo; pero la realidad era bien distinta: todo lo que no compartiéramos con los hombres tenía trampas, y las trampas estaban instaladas en que nuestra capacidad de tomar decisiones y transformar las estructuras patriarcales eran muy menores en esas condiciones no pactadas y, por añadidura, el papel que jugábamos en la reproducción social era excelso, sí, excelso, pero no elegido por igual entre nosotras y los hombres. ¿Qué poder exigíamos, entonces?

La consigna política era de cualquier manera aparentemente simple: las mujeres no merecemos menos que los hombres sino lo mismo, y para ello tenemos que llegar y mantenernos.

De las luchas que se dieron de la segunda a la tercera ola del feminismo, el poder, el mandato o el liderazgo (todos términos relacionados) han sido una constante reivindicación. Nuestro mundo no se transforma sin organizaciones de base que modulen y alteren las actuales agendas políticas. Junto a esto, se hacía necesario que en los espacios de compromiso, elaboración y toma de decisiones políticas estuviéramos también nosotras, teorizando, adoptando medidas consecuentes con la quiebra de la brecha de igualdad. Sabíamos que se nos presentaba un discurso complejo, dado que el poder reconocible podía significar autoridad sobre el resto, o por el contrario capacidad de afectar al mundo en igual o mayor medida que el mundo nos afecta a nosotras. La consigna política era de cualquier manera aparentemente simple: las mujeres no merecemos menos que los hombres sino lo mismo, y para ello tenemos que llegar y mantenernos.

En este proceso, las universidades se han implicado en un ya largo recorrido vindicativo y remodelador de su propio proyecto académico alentando la presencia de mujeres. Pero hoy sabemos que con la presencia necesaria de las mujeres en todas las esferas sociales no basta, como tampoco basta con el escaso compromiso de los hombres en estos espacios. Hoy necesitamos introducir con urgencia otras claves para entender lo que está pasando –también y no sólo- en las universidades.

La Universidad de Granada es un ejemplo de la lucha por que las mujeres lleguen a los puestos de toma de decisiones. Hoy vemos en la prensa que ya son muchas compañeras en los puestos "de mando" de la UGR, espacios históricamente ocupados por compañeros en esa ya larga tradición de concesión de poder y autoridad a los varones. Pero, ¿es suficiente con tener equipos amplios de mujeres? ¿Es esto necesariamente un poder transformador y representativo de y para esa otra Universidad de la que formamos parte el resto de mujeres? ¿Está ese mandato de compañeras incidiendo en las estructuras patriarcales de nuestra Universidad? ¿Transforma por sí mismo las bases del dominio masculino tan habitual en nuestra Universidad?.¿Están abandonando los compañeros cotas de poder para compartirlos con las universitarias?.

¿Es suficiente con tener equipos amplios de mujeres? ¿Es esto necesariamente un poder transformador y representativo de y para esa otra Universidad de la que formamos parte el resto de mujeres? ¿Está ese mandato de compañeras incidiendo en las estructuras patriarcales de nuestra Universidad?...

Veamos: primero, necesitamos reconocer que la Universidad la forman también alumnas, personal de limpieza, directoras de departamento, jefas de servicio y profesoras precarias, personal de vigilancia, rectora, vicerrectoras o bibliotecarias, entre muchas otras. Si atendemos a las cifras que señalan los espacios de poder de las mujeres en la UGR es evidente que no todas nos hemos rearmado de autoridad y poder, es decir, que sigue siendo una lucha pendiente.  Desde los estudios feministas hemos entendido que las mujeres debemos, por derecho, estar, pero esto no basta para transformar nuestro poder en igualdad para todas y entre todas y todos. Christine Lagarde, al frente del FMI, tiene poder y, sin embargo, sus políticas sobre la reforma laboral internacional afectan a cientos de miles de mujeres en vías de precarización y de expulsión del sistema laboral –y desde luego no sólo afecta a mujeres, pero las cifras nos siguen diciendo que somos el colectivo más precarizado-. Y si miramos dentro de nuestro país, vemos con estupor las posiciones ideológicas y políticas de una Vicepresidenta ¡por cierto! de toda una población, con un poder ejecutor más que respetable, que marca día a día distancias entre los problemas sociales y de desigualdad de género y las apuestas de las grandes rentas y el capital español, ése que con ahínco atesora un 6% de la población española, cada vez más enriquecido.

Las universidades deben generar recursos y discursos teóricos sobre la igualdad que sirvan para transformar nuestras desigualdades por razón de género (somos muchas y algunos que trabajamos a diario por ello) siempre que sepamos hacerlos efectivos, entendiendo por ejemplo que un solo mandato por sí mismo puedo no transformar, pero que tal mandato, puesto al servicio de toda la comunidad y de la denuncia de una sola injusticia por razón de género, estará haciendo mucho por erradicarla. Creo que las condiciones de vida de las mujeres, y en la Universidad no somos excepción, demandan compromisos concretos –y tenemos esperanza en que se darán-, en la línea de hacer de esos mandatos de mujeres, igual que los de los varones, un servicio al esclarecimiento y lucha de nuestras brechas de igualdad en la UGR, que no son pocas.

La necesidad de una huelga feminista internacional el 8 de marzo nos está anunciando –y así lo están manifestando compañeras y compañeros de la UGR en las mesas de debate de estas semanas- que debemos traspasar la mirada del poder tal y como es entendido hoy en día, en pos de otro que otorgue la colectivización de las condiciones de trabajo dignas, del reconocimiento de los problemas de todas las mujeres en todas las categorías, de relación igualitaria entre profesorado, profesorado y alumnado, alumnado profesorado y personal de administración y servicios, y de quienes formamos parte de esta gran familia universitaria con la comunidad en la que vivimos, dando ejemplo, avanzando derechos.

No, no basta con que los equipos universitarios estén más feminizados y manden, aunque que lo hagan sea un derecho muy legítimo por el que hemos luchado mucho; tienen que comprometerse con el “poder hacer y decir” del resto, que somos muchas, muchísimas

No, no basta con que los equipos universitarios estén más feminizados y manden, aunque que lo hagan sea un derecho muy legítimo por el que hemos luchado mucho; tienen que comprometerse con el “poder hacer y decir” del resto, que somos muchas, muchísimas. ¿A qué me refiero? A que nuestras universidades son hervideros de creación pero también de machismo, como desde las propias universidades se está denunciando a diario. Igualmente somos avanzadilla en innovación pero también en precariedad. Los datos nos lo dicen, pero sobre todo lo decimos quienes formamos parte de ellas.

Con una huelga feminista en ciernes para el 8 de marzo por los derechos de las alumnas, trabajadoras, por nuestras formas de consumo depredador con el planeta y la vida humana y, sobre todo, de cuidados colectivizados, tenemos que pararnos a pensar qué hacer con ese poder del que disfrutamos.  En las universidades no se concilia o se concilia con muchísimas dificultades y, lo que es aún peor, los compañeros no asumen su cuota de cuidado comunitario y familiar; el alumnado llega en condiciones de precariedad; tenemos bolsas de mujeres universitarias jóvenes en paro que aumentan por días, la generación más formada de la historia de las mujeres; tampoco es cierto que estemos compartiendo los espacios de poder laboral y de decisión y gestión (véase la UGR en cifras); con un personal de servicios y limpieza feminizados y en las categorías profesionales más precarizadas, cuyos contratos no les posibilitan conciliar, y un largo etcétera que sitúa barreras infranqueables a la igualdad. Somos riqueza, talento, esfuerzo, pero aún tenemos las mujeres de las universidades grandes problemas de desigualdades. Por ello, tenemos confianza en que la UGR MAÑANA y siempre puede declarar su compromiso por que cualquier forma de mando sea en beneficio de una Universidad feminista, y en ella, no nos olvidemos, estamos todas y todos.



Victoria Robles Sanjuán es profesora y feminista de la Universidad de Granada y enlace de feminismos en Podemos Granada.