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Pascal y los abismos del corazón humano

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 16 de Diciembre de 2018
'En El Abismo Del Corazon', Heavy Square.
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'En El Abismo Del Corazon', Heavy Square.

'El corazón tiene razones que la razón desconoce'. Blaise Pascal

Matemático, físico, filósofo, y un ser humano consciente de los abismos, de la oscuridad y del dolor que acompañan a ese curioso artefacto que llamamos corazón. Atrapado entre la evidencia de la razón y la ceguera de los sentimientos, superviviente de la certidumbre de la carne que nos envuelve, frágil, delicada, mortal, y la incertidumbre  de las pasiones y deseos humanos, del ansia de inmortalidad, del salto a los abismos de la fe que supone creer en la existencia de algo, una justicia divina, que de sentido al sufrimiento que nos acompaña. Sufrimiento que nos acongoja por el mero hecho de existir, y ser conscientes de ello; el hombre no es más que una caña, el ser más débil de la naturaleza. Pero es una caña que piensa. Pascal nació en un siglo, el XVII, que alumbraba una nueva manera de contemplar el mundo, la racionalidad científica, pero que aún se encontraba atrapado por las raíces de la superstición y la fe. Enfermo, desde muy joven, con una mente privilegiada para las matemáticas, encontró en las aporías de la razón, esos callejones sin salida a los que nos aboca la lógica de los números, justificación para refugiarse en la religión, y en la creencia en el Dios cristiano. Amparo del dolor, de la enfermedad, que fragilizaba cada segundo de su existencia, y que le recordaba cada amanecer, que su vida no le pertenecía, que vivía de un préstamo, cuyo precio era una hipoteca que nunca podría terminar de pagar. Falleció a los 39 años, cuando tenía todo por decir, aun cuando ya lo había dicho todo. 

Se sea creyente, se sea agnóstico, o ateo declarado, sus escritos no dejan a nadie indiferente, se crea en lo que dice o no. Sus Providenciales, definidas por Voltaire como una de las mejores obras escritas en francés, supuran desconfianza y valentía enfrentándose a los poderes de su época. Sus Pensamientos, obra póstuma e inacabada, como su vida, desenmascara la falacia de hacernos creer que los meros conocimientos científicos devolverán la inocencia pérdida de la que nos despertó la razón

La soberbia de los seres humanos que se creen reyes absolutos de la creación es su principal objetivo. Devolvernos a la cruda realidad que es la vida, ponernos de rodillas y obligarnos a claudicar de nuestras pretensiones de grandeza que nos hacen creer que somos dueños de nuestro destino. El ser humano necesita de la existencia de un Dios, porque su naturaleza voluble e inconsistente le vuelve egoísta. La razón, o la ciencia, no pueden darle las respuestas que necesita para sentirse bien consigo mismo, de ahí que el pensador francés eleve la apuesta, una apuesta por creer en la inmortalidad del alma humana : Ponderemos los riesgos de quien toma el partido de creer en la existencia de Dios. Si gana, lo gana todo. Si pierde, no pierde nada.

Se sea creyente, se sea agnóstico, o ateo declarado, sus escritos no dejan a nadie indiferente, se crea en lo que dice o no. Sus Providenciales, definidas por Voltaire como una de las mejores obras escritas en francés, supuran desconfianza y valentía enfrentándose a los poderes de su época. Sus Pensamientos, obra póstuma e inacabada, como su vida, desenmascara la falacia de hacernos creer que los meros conocimientos científicos devolverán la inocencia pérdida de la que nos despertó la razón. Enfrenta el corazón, fuente de verdad, con la razón, a la que excluye de sus razones, pues la intuición del sentimiento es incompatible con la lógica de las demostraciones. Los pequeños suicidios racionales de la vida sentimental de cualquier ser humano, llena de fracasos, engaños, ilusas ilusiones, y cegueras, son argumentos suficientes para pensar que Pascal no andaba tan desencaminado en alguna de sus críticas.

La vinculación de nuestro atormentado, espiritual y físicamente, filósofo, al jansenismo, le marcó profundamente, tanto por su disputa con los jesuitas, y la persecución de la Iglesia Católica, como por su concepción del ser humano, cuya naturaleza esta corrupta desde su nacimiento, y únicamente la gracia divina puede salvarle. Coincide con el antiguo maestro estoico Epicteto en la contingencia que afecta a nuestra existencia. Adelantándose al drama de la existencia humana que expondrían con claridad los existencialistas en el siglo XX; no somos sino actores y actrices de una tragicomedia, de la que desconocemos el guion que nos toca interpretar, y la única certeza de la que disponemos es el trágico final al que estamos abocados. Rendirse a la voluntad de la divinidad, al igual que afirmaba Epicteto, es la única opción. Voltaire, a pesar de la profunda admiración por la calidad literaria de la defensa del jansenismo que realizó Pascal en las Providenciales, se desvincula del pesimismo y la negación de la libertad inherente al espíritu humano que desprende su pensamiento. Para cualquier ilustrado la razón encierra en su centro un principio básico del que no puede, ni debe, desprenderse, la duda. Pascal, sin embargo, utiliza esa herramienta, que en Descartes es metodológica y en Montaigne vital y moral, para criticar el abandono al hedonismo del ser humano. Una felicidad que el pensador francés es incapaz de aceptar como destino, quizá atormentado por sus propias limitaciones físicas. El estoicismo de Montaigne le lleva a un camino totalmente diferente al que seguiría Pascal. En Montaigne la duda que corroe toda presunta certeza, le lleva a ser tolerante, a respetar las costumbres ajenas, por muy extrañas que le parezcan, y a unirse a los pequeños goces que nos da la vida, heredando del epicureísmo la sonrisa cómplice que nos proporciona algo tan sencillo como compartir un amanecer al lado de un amigo. Su atormentado corazón le lleva, en contraste, a Pascal, a medida que su enfermedad se agrava, y la represión al movimiento jansenista se agudiza, a refugiarse en una estricta versión del cristianismo, que reniega de cualquier goce que se pueda obtener en esta vida.

Adelantándose al drama de la existencia humana que expondrían con claridad los existencialistas en el siglo XX; no somos sino actores y actrices de una tragicomedia, de la que desconocemos el guion que nos toca interpretar, y la única certeza de la que disponemos es el trágico final al que estamos abocados

Su obra póstuma, Pensamientos exuda esta amargura existencial, con una elegancia en su pluma, y con una pasión, que pareciera que en lugar de tinta emplea su propio néctar vital, su sangre; No hay más que tres tipos de personas: unas, que sirven a Dios habiéndole hallado; otras, que se empeñan en buscarle, sin haberlo hallado; otras, que viven sin buscarle y sin haberle hallado. Las primeras son razonables y felices, las últimas son locas y desdichadas. Las que se hallan en el punto intermedio son desdichadas y razonables. El ateísmo de Sartre encuentra un punto en común con el fanatismo cristiano de Pascal, ambos parten del vértigo de la existencia, la desconfianza en la razón, y en su principal herramienta la ciencia, que se muestra inútil pues deshumaniza al hombre, destruye sentidos y se muestra incapaz de proporcionar otros. La oscuridad de la existencia humana, como siglos después, desde otra óptica muy diferente abrazaría el existencialismo, convierte al hombre en un ser insignificante frente al universo, siendo motas de polvo, nos creemos príncipes del universo, cuando tarde o temprano seremos barridos, como esas meras motas de polvo que somos. La imaginación, otra de las reivindicaciones del humanismo renacentista es también masacrada sin piedad, calificada como reina de las apariencias, que nos desvían de lo que en verdad importa para el exaltado pensamiento de Pascal, centrarse en seguir ciegamente la voluntad divina. Todos los hombres quieren ser felices, y ansían encontrar la receta mágica perdiéndose en el deseo por objetos del mundo exterior, llámales riquezas, honores, placeres o diversión, pero ineludiblemente, para el amargado pensador, fracasan. La  experiencia de la persecución jansenista le insta a realizar una de las más lúcidas críticas a la justicia y a las leyes humanas, que en última instancia siempre se ven abocadas al uso de la fuerza para justificarse: Es peligroso decir al pueblo que las leyes no son justas, porque él solo obedece a la causa que cree justa. Por esto es necesario decir que hay que obedecerlas porque son leyes, del mismo modo que es necesario obedecer a los superiores, no porque sean justos, sino porque son superiores. Así, si se hace entender esto, toda sedición se previene, y (es esta) propiamente la definición de justicia. Amarga reflexión sobre la confusión entre quienes tienen capacidad para imponer por la fuerza una ley, y que ésta sea justa.

Al igual que sucede con el existencialismo, que partiendo del vértigo de la existencia llegaría a una conclusión diferente al pensamiento de Pascal, la crítica del eterno retorno nietzscheano a la incapacidad de vivir el presente en toda su gloria y plenitud encuentra un antecedente en la angustia de los Pensamientos; El presente jamás es nuestro fin. El pasado y el presente son nuestros medios. Solamente el futuro es nuestro objetivo

Al igual que sucede con el existencialismo, que partiendo del vértigo de la existencia llegaría a una conclusión diferente al pensamiento de Pascal, la crítica del eterno retorno nietzscheano a la incapacidad de vivir el presente en toda su gloria y plenitud encuentra un antecedente en la angustia de los Pensamientos; El presente jamás es nuestro fin. El pasado y el presente son nuestros medios. Solamente el futuro es nuestro objetivo. De este modo no vivimos jamás, pero esperamos vivir, y nos disponemos siempre a ser felices, aunque es inevitable que no lo seamos nunca. La conclusión, no es la nietzscheana, de exprimir cada segundo del presente como si estuviéramos condenados a repetirlo eternamente, sino darnos cuenta de los abismos del tiempo, que lo destruye todo, lo agosta todo, vida, recuerdos, sentimientos, pasiones, deseos. Nada salvo desesperanza y dolor ante nuestro aterrador destino, la angustia nos devora. Un vacío arrincona nuestros corazones, un vacío que creemos evadir rehuyendo la mortal verdad de nuestro destino, cualquier anestesia, pasión, imaginación, placer, diversión, riqueza, gula, es válida, pero igualmente inútil.

Si desbrozamos, en un ejercicio de infidelidad al autor, su pensamiento de delirios religiosos, para el ateo, o de certezas de la fe, para el creyente, un conclusión emerge; el ser humano se divide en dos formas de comprender el mundo, y de comprenderse a sí mismo, la razón, que exige demostración, y el corazón, cuyos motivos no se demuestran, se muestran. Ambos con dos verdades antagónicas, que recorren los caminos de nuestra vida, obligándonos a elegir una u otra respuesta en cada encrucijada vital, sin tener una segunda oportunidad de rectificar. Esa es la naturaleza del ser humano, ese es nuestro sino. Lo que nadie puede arrebatarnos, a pesar de Pascal y la condenación con la que nacemos, es la capacidad de elegir respuesta y de vivir acorde con ella, y eso, tan solo eso, dignifica a esa insignificante mota de polvo, a esa caña capaz de pensar que somos, aunque tan solo existamos una insignificante fracción de tiempo, y nuestro destino final sea el eterno olvido.

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”