Plan Recclaje Diputación de Granada.
LUCHADORES POR LA LIBERTAD EN GRANADA

'Miguel Girela Reyes, “El Curica”, descendiente de una saga de luchadores'

Política - Alfonso Martínez Foronda y Pedro Sánchez Rodrigo - Sábado, 2 de Marzo de 2024
En este magnífico reportaje, Alfonso Martínez Foronda y Pedro Sánchez Rodrigo nos acercan la figura de un destacado luchador por las libertades. Una historia que merecía ser contada y publicada.
Miguel Girela Reyes, en su casa.
Fotografía de Alfonso Martínez Foronda.
Miguel Girela Reyes, en su casa.

Más cornás da el hambre

Albaicinero, nace el 1 de agosto de 1945, en el seno de una familia de “romaneros”. Su padre, Miguel Girela Olóriz, sus tíos y su abuelo hacían romanas por encargo, justo debajo de San Cristóbal, donde estaba esa empresa familiar. Su madre, Carmen Reyes Ruiz, por su parte, heredó el oficio de sus antepasados haciendo sopladores de pleita y espuertas de esparto.

La guerra civil destrozó a la familia. Todos eran de izquierdas

La guerra civil destrozó a la familia. Todos eran de izquierdas. A los pocos días de la rebelión militar de la derecha se llevaron a todos los hombres de su familia a la cárcel y alguno de ellos fue, posteriormente, fusilado, como José Girela Olóriz.

GIRELA OLÓRIZ, José. Nace en 1910 en Granada (Granada), donde reside. Jornalero. Su hermano Miguel* también fue represaliado. Miguel Girela Reyes es su sobrino.* Probablemente, militante de la CNT. Al comienzo de la guerra civil fue detenido y fusilado –aparece como “Heridas de armas de fuego”, eufemismo de fusilado o ejecutado- en el cementerio de Granada el 17 de septiembre de 1936. Procede de una causa del juzgado militar, pero desconocemos proceso judicial. (Inscrito en registro civil de El Campillo, como por orden del juez S. Morales Lara). (www.granadamemoriahistorica.es). (Alfonso Martínez Foronda y Pedro Sánchez Rodrigo, Diccionario de la represión en Granada, 1931-1981, en elaboración).

Ya tenían experiencia en la represión porque alguno de sus tíos había recibido una paliza tremenda durante el Bienio Negro por participar en una reunión clandestina en San Miguel Alto. Al iniciarse la guerra civil, cuando se ocupa el Albayzín por los rebeldes, detienen a todos los hombres de la familia y los encarcelan. Y el padre de Girela Reyes, Miguel Girela Olóriz, para salir de la cárcel y salvar su vida –eran amenazados con el fusilamiento respectivo-, se alista en el Batallón Pérez del Pulgar. Pero, al mismo tiempo, se les exigía que aquellos que no se habían casado por la Iglesia –que era el caso de sus padres- tenían que pasar por la vicaría, lo que tienen que hacer sus padres en la iglesia de San Bartolomé. Ya en el Batallón Pérez del Pulgar, su padre participa en la toma de Málaga, pero cae herido y es trasladado a Granada.

Cuando se recupera, se lo llevan al frente de Alcalá la Real, pero allí se pasa a la zona roja con armamento incluido, junto a otros muchos miembros de ese Batallón que se había reclutado con presos republicanos

Cuando se recupera, se lo llevan al frente de Alcalá la Real, pero allí se pasa a la zona roja con armamento incluido, junto a otros muchos miembros de ese Batallón que se había reclutado con presos republicanos. Pasará toda la guerra con el ejército republicano y con la derrota se interna en Francia donde permanece hasta 1944 cuando los aliados liberan Perpignan. De allí, andando, pasa la frontera y se viene a su casa de Granada donde permanece casi un año. Será detenido justo unos días antes de que naciera Miguel Girela. Le echan cinco años por haber desertado del Batallón Pérez del Pulgar y lo llevan a Melilla a realizar trabajos forzados. Cuando vuelve a Granada todo irá de mal en peor y su vida familiar se deteriora hasta el punto de que desaparece del entorno familiar. Miguel recuerda que su madre tuvo que tomar la difícil decisión de alejar a su marido de la familia porque su vida privada dejaba mucho que desear. Y ella tendrá que sacar adelante, sola, a sus cuatro hijos –había tenido otro, que murió pronto, como tantos niños de la época- y se busca la vida enseñando a hacer culos de sillas. Su madre se dejó la vida trabajando, hacinados en una habitación en la Veredilla de San Cristóbal.

Miguel Girela tendrá, como otros muchos niños de su generación, una infancia –si se puede llamar así- difícil, malviviendo en una de las cuevas que había a la subida de la cuesta Alhacaba que, entonces, era un lugar marginal dentro del marginal Albaycín. A pesar de sus dificultades, va a la escuela del Ave María en San Cristóbal, con cinco años. Recuerda que:

“…éramos 68 niños en la misma aula; escribíamos en un casco de pizarra o en el sueño [porque] no había papel para escribir…, con un casco de pizarra escribíamos en otro casco de pizarra más grande. Ni había pupitres, sino bancos corridos donde estábamos apiñados… La primera fue una maestra, Doña Salud, que tenía que hacer de madre, de niñera… porque lidiar con tantos niños, imagínate. Y los piojos, que había muchísimos. Y el frío, tanto que cuando salía el sol nos sacaban a un lado del patio para que nos diera el sol y allí nos explicaban…” (Entrevista a Miguel Girela Reyes, en AHCCO0-A).

Durante siete años y medio estará en esa empresa dickensiana, donde los niños eran explotados sin rubor y en una nave donde se asaban en verano y se morían de frío en invierno. Aprendían pronto la canción: 'si trabajo me matan y me matan si no trabajo'

Saldrá a los doce años porque el cura del colegio le buscará trabajo como mancebo. A esa edad había que arrimar el hombro y algo más para llevar algo a la casa. Poco tiempo en su primer trabajo porque inmediatamente se pondrá al servicio de un panadero de Alfacar y recorrerá el barrio con un saco de pan a cuestas –unos 25 kilos- desde el Arco de Elvira donde cargaba la mercancía. Luego de subir la cuesta de San Gregorio, correr por la calle de la Tiña, tirar por San Miguel Bajo y bajar al Triunfo con las sobras o de vacío. Eso le proporcionaba la fortuna de un duro a la semana y una hogaza de pan todos los días. Y otros seis meses en un taller de tapicería de coches, Garaje del Sur, porque su madre quería que aprendiera un oficio. Durante siete años y medio estará en esa empresa dickensiana, donde los niños eran explotados sin rubor y en una nave donde se asaban en verano y se morían de frío en invierno. Aprendían pronto la canción: si trabajo me matan y me matan si no trabajo. Pero también a saltar como gamos por entre una pila de carbón hasta llegar a la vía del tren para que no los cogiera la inspección de trabajo porque, claro, entonces no cotizaban por ellos. Por eso, precisamente, se había inventado el régimen el sindicato nacionalsindicalista que velaba, escrupulosamente, por los intereses del patrón. Y como prueba de quién había ganado la guerra los niños aprendían pronto que la jornada de trabajo tenía más horas que un reloj. Al principio ganó diez duros a la semana –el doble que de panadero- y luego llegó a las 350 pesetas a la semana, pero eso ya cuando fue nombrado oficial, en torno a 1964. Y, durante todo ese tiempo sin cotizar, claro.

Su primer compromiso: la JOC

A finales de los años cincuenta llegan a Granada unos curas granadinos que habían estado becados en Lovaina y vuelven al Ave María. Traen ideas innovadoras y pertenecen a las Juventudes Obreras Cristianas, aunque dice Girela que, entonces, “se les tenía que decir Católicas”. Eran D. José Montero Vives (el Consiliario), D. José Jiménez Fajardo y D. Jorge Guillén. Se reunían en la casa Madre, en la cuesta del Chapiz.

Su compromiso con la JOC le lleva, incluso, a participar en un congreso celebrado en Barcelona, a comienzos de los sesenta –cree recordar- donde asistieron siete de Granada.  Allí conocerá a algunos que, andando el tiempo, serán compañeros en el PCE y en CCOO

Las inquietudes de Miguel Girela, a flor de piel, se canalizarán pronto. No llega a los quince años cuando entra en contacto con la JOC a través de un vecino. Con ellos toma conciencia obrera en aquellas reuniones donde cada cual exponía los problemas que tenían en las empresas. Se trataba de desarrollar la fe a partir de las vivencias de los jóvenes trabajadores, utilizando el método VER-JUZGAR-ACTUAR. Era un movimiento que acogía a todos los jóvenes trabajadores sin distinción, para convertirse de hecho en un movimiento internacional. Pero pronto también ese camino se agota en la medida en que la JOC no puede dar respuestas concretas a los problemas con que se enfrentan los trabajadores. Allí se hablaba de que había que denunciar esas situaciones, pero todos sabían que eso significaba automáticamente el despido. Admitían que podía hacerse una huelga, pero entonces aquello era una quimera. Era una pescadilla que se mordía la cola. Aún así, Miguel descubre sus inquietudes sociales y la JOC le abre perspectivas. Aunque reconoce que sus compañeros debieron sufrir mucho con él porque su timidez le impedía abrir la boca. Recuerda que, al salir de su trabajo, con su monillo y sus alpargatas, cada vez que le decían que hablara él no articulaba más que una negativa porque “se atribulaba”. Su compromiso con la JOC le lleva, incluso, a participar en un congreso de la JOC celebrado en Barcelona, a comienzos de los sesenta –cree recordar- donde asistieron siete de Granada.  Allí conocerá a algunos que, andando el tiempo, serán compañeros en el PCE y en CCOO. Seguirá en la JOC hasta los 17 o 18 años, porque, como recuerda, “la JOC no era un movimiento de izquierdas o de derechas, era una cosa amorfa que no se sabía por dónde iba a salir, aunque luego la mayoría se apuntaron al PCE”.

Pegatina de la JOC (Internet).
Pegatinas en Fondo Gráfico de CCOO de Andalucía.

Asiste a las primeras clases, pero era imposible compatibilizar el trabajo, del que salía muy tarde, los problemas familiares y la concentración básica para desarrollar el bachillerato. Así que no terminó siquiera ese primer curso

En esos primeros años de los sesenta no ha conocido al PCE, todavía, aunque ya sabía de la existencia de algunos comunistas viejos como Santos “El Litero”, que venía por el barrio del Albaycín prestando dinero a cambio de pequeños porcentajes o “gabelas”. Y conoce la caída de la Peña de los Celtas de 1961 y a algunos de los que se habían llevado presos. Mientras, sigue trabajando en el taller Garaje del Sur y en 1965 intenta, de nuevo, estudiar bachillerato. Aprovecha que el consiliario José Montero había creado en el Ave María un bachiller nocturno para los trabajadores. Asiste a las primeras clases, pero era imposible compatibilizar el trabajo, del que salía muy tarde, los problemas familiares y la concentración básica para desarrollar el bachillerato. Así que no terminó siquiera ese primer curso.

En busca de otros horizontes

El ambiente en Granada se había tornado espeso y Miguel Girela, ávido de nuevos aires, de más libertad, decide marcharse como tantos otros lo habían hecho antes a las costas levantinas o catalanas. Aunque su madre no lo comprendía, hacía tiempo que él rumiaba esa posibilidad y, en 1966, recalará en Lloret de Mar y se coloca como friegaplatos en el hotel Roger de Flor. No sólo era que ganaba el triple que aquí (4.000 pesetas al mes, más la cama y la comida), sino una vida más abierta que la Granada asfixiante de mediados de los sesenta. Miguel fregó más platos que nunca, pero allí se respiraba más libertad no sólo por el desenfado de las costumbres de los turistas, que también, no sólo porque el dinero circulaba más alegremente, que también, sino porque además se hablaba más abiertamente “de todo”, incluso de criticarle –como lo hacía el jefe de cocina- que siempre estaba en las faldas de los curas y que era una lástima sabiendo de su sensibilidad social.

Pero, aunque Miguel Girela sabe que en la Plana se reunían los comunistas de las CCOO y que a él le proponen presentarse a esas elecciones, sin embargo, decide de nuevo volverse a Granada, entre otras cosas, porque tenía que cumplir con la patria

Allí, confiesa Girela, “vi un abismo” respecto a su tierra y, aún así, al terminar la temporada hotelera se vino de nuevo a Granada, donde volvía a encogerse. Ya no podía vivir aquí y, al poco tiempo, regresará a Barcelona a través de un cura de Pueblo Nuevo –que luego fue militante del PCE- y que había conocido en su primer viaje. Éste lo llevará a la Plana, donde trabajará otros seis meses en la fábrica de Trinaranjus. Eran los momentos de las elecciones sindicales de 1966 en las que CCOO logró unos resultados espectaculares en casi todo el país y que fueron decisivas para su consolidación y desarrollo. Pero, aunque Miguel Girela sabe que en la Plana se reunían los comunistas de las CCOO y que a él le proponen presentarse a esas elecciones, sin embargo, decide de nuevo volverse a Granada, entre otras cosas, porque tenía que cumplir con la patria.

Un año y pico, entre 1967 y 1968 que no le impidió participar este último 1º de mayo en aquella concentración que, entonces, hacían las CCOO en el Triunfo y donde no más de un centenar de militantes antifranquistas, en silencio y en pequeños grupos, repartían octavillas clandestinamente

Tuvo suerte y se quedó en Granada, en Capitanía, y fue asistente de un general que tomó el Ayuntamiento aquellos días trágicos de 1936. Un año y pico, entre 1967 y 1968 que no le impidió participar este último 1º de mayo en aquella concentración que, entonces, hacían las CCOO en el Triunfo y donde no más de un centenar de militantes antifranquistas, en silencio y en pequeños grupos, repartían octavillas clandestinamente. Un 1º de mayo en el que, una vez más, volvían a detener a Emilio Cervilla Alonso ante la presencia de sus compañeros, acostumbrados a esa imagen que se repetía año tras año. Era la primera vez que Miguel Girela veía detener a Emilio con el que, poco después, compartiría militancia.

París, la vie c´est jolie

Granada, definitivamente, se le había quedado pequeña, le asfixiaba y su curiosidad no tiene límites. Unos amigos suyos se habían ido antes a París y ése era el pretexto. París, siempre París y más después de mayo del 68. No se lo piensa mucho y sin papeles y como turista –como demostraban los cinco duros que llevaba encima- se presenta en la ciudad de la luz por el mes de septiembre, en los coletazos de las revueltas estudiantiles, con los adoquines todavía levantados. Aunque, eso sí, estuvo con el alma en vilo durante tres largas horas que tardaron sus amigos en presentarse en la estación, porque no sabía decir ni paula y sus bolsillos estaban más pelados que los puños de un viajante.

Y, entre copa y copa, oyó en directo a Violeta Parra, a Los Cinco Latinos, a Los Calchakis, a Quilapayún, a Patxi Andión y a su Paco Ibáñez… Allí supo que sólo en París se puede olvidar, que la noche y el ritmo de la vida infernal...

Un emigrante más, un negro blanco del sur, que empezó como todos, buscándose la vida donde podía y su primer trabajo no podía ser menos que ilegal. Fue en La Tabla italiana, de italianos, claro. No le importaba porque estaba en el corazón de París, en el barrio donde los estudiantes medievales hablaban el latín como lengua académica, que de ahí le viene el nombre, Barrio Latino, a tiro de piedra de Nôtre-Dame. Un mes aguantó con los italianos y luego fue a parar a La Candelaria, un café cantante español famosísimo, cercano al Teatro del Odeón. Y allí ¡larga vida al rey! porque, aunque lo contrataron como friega platos –ya tenía experiencia y oficio- pudo presenciar en vivo a los cantautores más famosos del momento, fue perfeccionando el idioma –que lengua le sobraba- y lo ascendieron a camarero. Y, entre copa y copa, oyó en directo a Violeta Parra, a Los Cinco Latinos, a Los Calchakis, a Quilapayún, a Patxi Andión y a su Paco Ibáñez… Allí supo que sólo en París se puede olvidar, que la noche y el ritmo de la vida infernal (Carlos Cano dice) convierte suspiros en serpiente y su corazón (mon coeur s´en va) quedó atrapado bajo el cielo de la ciudad de los amantes, que cantara Edith Piaf o Ives Montand. París, definitivamente, fue la libertad durante casi siete años, hasta que cerró La Candelaria.

Corría el mes de julio por tierras de Granada

Miguel vendrá de vacaciones en el verano de 1970, ese año negro para el movimiento obrero granadino. En julio, concretamente, coincidiendo con la huelga de la construcción de tan luctuosas consecuencias. Pero mejor lo cuenta él mismo:

“Yo vivía entonces en el Polígono. Aquí ya hay una gran actividad, con octavillas de CCOO. Yo las cojo y las leo... Y una tarde me voy para Granada y veo que hay mucha gente que va al sindicato. Me voy p´abajo y en lugar de irme a pasear, me voy al vertical, porque allí iba la gente del barrio y yo no sabía dónde iba. Y veo una manifestación grandísima llena de trabajadores, muchos amigos míos, y era el día de la propuesta de la huelga. Y yo sin saber na de na, intervengo y arengo a los trabajadores para ir a la huelga. Y salgo aplaudido. Yo sin saber na. Y allí estaban [José López Ávila] El Abuelito, [Pedro] Girón, Juan Gálvez, [Juan] Verdejo, [Emilio] Cervilla ¿[Alonso]?, [Pepe] Cid de la Rosa, Luis Afán... Ellos estaban arriba y, abajo, estaban los curas de la HOAC, [Antonio] Quitián, “El Chato”, el “Chércoles”, Pope Godoy y otros. El ambiente era muy bueno. Era la primera vez que había una concentración de tal calibre.

Y esa noche se aprueba la huelga a mano alzada y podía intervenir todo el que quería. Pero la HOAC estaba maquinando otro planteamiento de la huelga, pero se votó a mano alzada. Y esa noche me vengo a mi casa. Y esa mañana me voy a la huelga. Me voy al sindicato. Estando allí no pasaba nada. Entonces dicen que hay que nombrar piquetes para avisar que se estaba haciendo el Camino de Ronda y nos vamos por las huertas hacia el Camino de Ronda. Se estaban haciendo las facultades. Y como había gente trabajando se va un piquete inmenso y ahí es la primera carga policial, justo en la Facultad de Ciencias, a la espalda, cerca del Manjón. Pero una carga terrible, pero nosotros no teníamos nada que perder ni que ganar. Ellos tiros y nosotros piedras. Nos dejan salir al Camino de ronda por la acera izquierda y vamos parando todas las obras. Y antes de llegar a Recogidas retrocedemos muy rápido y nos vamos al sindicato. Estando en el sindicato estábamos allí qué hacemos o no hacemos. Estábamos muy tranquilos. Yo sabía algo de Marcelino pero no sabía que CCOO estaba organizado así. Y estábamos sentados en la calle esperando a la Comisión Negociadora. Baja la Comisión y dice que no se admite ninguna propuesta y que nos quedábamos allí sentados. Y viene la policía a dispersar, antes de los tiros, y a palos. En ese momento había escuchado a Cid de la Rosa que si nos echaban que nos fuéramos a una iglesia. Yo conocía la iglesia de San Agustín y allí nos vamos unos pocos y otros se quedaron. El cura nos echó a la calle. Y en ese momento se escucharon los tiros. Y nos fuimos para el sindicato y es cuando ya estaban tirando piedras y ellos cargando a tiros. En esa misma esquina que da a Doctor Oloriz con San Juan de Letrán matan a uno. Los tiros venían de la policía. Tiros no de fogeo. Tiros de balas. Yo veía las persianas tiroteadas. Tiros al cuerpo. Y matan a este hombre y no sé si estaba muerto y veo matar a otro en las escaleras del sindicato. Y mucha gente hería que la cogían y se los llevaban hasta el Clínico y dentro del Clínico la policía dando tiros. Y los médicos del Clínico le dicen que allí no pueden entrar y la policía cargaba y detenía a gente dentro del Clínico. Y el otro en el estanco. Un montón de heridos de bala. Y eso duró casi hasta las tres de la tarde la refriega. Y Cid de la Rosa me echa el ojo y dice que había que encerrarse en la catedral al día siguiente. Cuando vine a mi casa mi madre dijo “ya está otra vez esto”.

Al día siguiente a las ocho nos encerramos en la catedral. El encierro, como la gente estaba dislocada, la gente iba al sindicato en grupillos y desde allí a la catedral. Estaba a tope. Llena.  Estaba llena. A las 9 se hizo la misa y nosotros nada. El vicario dio la misa sin problemas. El arzobispo que era un fascistón no estaba aquí. Claro, el vicario, al decir, daros la paz, nos abrazamos todos. Y el vicario comenzó a llorar y dijo: “De aquí no sale nadie”. Había mucha tensión y la catedral estaba abierta a visitas turísticas y por eso se les escapó de las manos. Y como yo hablaba como los curas una vecina me dijo eso “di que sí cura eso es lo que hay que hacer” porque yo les decía que había que seguir luchando y de ahí me viene ese mote de “el curica”. Sería por mi forma de hablar pausado. Ahí no hubo ningún incidente a pesar de la cantidad de gente que había. Pero el encierro era voluntario. Y empezó a irse mucha gente y al final quedamos unos 150. Y ya se organiza para que nos llevaran cosas.

Ya las mujeres se organizan para pedir comida por los puestos. Fíjate –y me da risa ahora- las mujeres se llenaban los pechos de sal por si venía la policía a pegarles, echarles la sal. Y yo veo allí a mi madre, pero mi madre no quería hablar conmigo porque si hablaba conmigo me delataba. Ella organizando a las mujeres afuera. Y sobre las 11 de la mañana la policía se mosquea. Allí estuvimos tres días, creo. Y pactan los curas con el Gobernador Civil que no serían represaliados los que estábamos dentro. Y al tercer día por la mañana decidimos salir y no hay represalias. Por allí estaba la secreta merodeando: el Jirafa, el Torres, el Guisado…

Y ahí es cuando yo siento las inquietudes de entrar en el PCE. Y ya pido la entrada, pero no me la daban”.
Panfleto de las CCOO de la Construcción de octubre de 1970, en Archivo Histórico de CCOO de Andalucía.
Panfleto de las CCOO de la Construcción de octubre de 1970, en Archivo Histórico de CCOO de Andalucía.

Alguno de ello, como el propio Miguel Girela, se dirigían a todos en ese sentido y una vecina, al oírlo, con ese tono mesurado que le es propio, lo confundió con un sacerdote y le dijo “di que sí, Cura, eso es lo que hay que hacer”. Y desde entonces se le conoció como “El Cura” y más tarde, como “El Curica”

Durante el encierro en la Catedral los turistas seguían visitando el templo, por lo que los dirigentes obreros pedían una compostura apropiada para los creyentes y los turistas, sin que hubiera incidente alguno, a pesar de la tensión que se vivía por la muerte de los tres albañiles durante la huelga. Alguno de ello, como el propio Miguel Girela, se dirigían a todos en ese sentido y una vecina, al oírlo, con ese tono mesurado que le es propio, lo confundió con un sacerdote y le dijo “di que sí, Cura, eso es lo que hay que hacer”. Y desde entonces se le conoció como “El Cura” y más tarde, como “El Curica”.

Y vuelve, de nuevo, tras las vacaciones, a Francia. Participará en la huelga que organiza el PCF contra el Proceso de Burgos en diciembre de 1970 que fue un juicio sumarísimo contra dieciséis militantes de ETA a los que se les pedía la pena de muerte. Todavía no conocía al PCE, pero es la primera vez que ve a militantes comunistas granadinos como Armando Castillo o Juan Huete, que estaban en París. Armando como refugiado y Huete como trabajador. Los dos encabezaban la manifestación del PCE con la bandera republicana. (Véase “Armando y Germaine: dos luchadores por la libertad”, en El Independiente de Granada).

Manifestación en Vallecas (Avenida Monte Igueldo) el 22 de julio de 1970 en apoyo a los trabajadores de la construcción de Granada. Archivo Histórico del PCE.

Y ya un año más tarde, en 1971, en otra de las visitas a Granada, entrará en el PCE de la mano de Pedro Limiñana Cañal, colaborando activamente en el partido o en CCOO cada vez que puede

Y ya un año más tarde, en 1971, en otra de las visitas a Granada, entrará en el PCE de la mano de Pedro Limiñana Cañal –responsable entonces del PCE-, colaborando activamente en el partido o en CCOO cada vez que puede, como cuando se monta el despacho laboralista de CCOO en 1972, con Miguel Aceituno y Fernando Sena, y él lleva muebles que trae del Ave María. Cuando vuelve a España en 1975 seguirá militando activamente en el movimiento obrero y será uno de los activos del Comité de Solidaridad, donde jugaron un papel importante militantes como García Cotarelo, Bruno Alcaraz Masats, Juan Alfredo Bellón, Tomás Navarro, Enrique Cabrera, Fernando Herrera o Adolfo León. Pero, aún así, en muchos casos los detenidos estaban parados o en las listas negras y algunas familias hicieron, en vano, declaraciones de pobreza para eludir la multa o tediosos recursos administrativos que, en todos los casos, fueron baldíos.

Monolito en homenaje a la huelga de la construcción de 1970 en Granada. Día de la inauguración. De izquierda a derecha: Pepe Cid de la Rosa, Antonio Quitián, Rafa Hueso y Miguel Girela Reyes. Archivo CCOO de Andalucía.
Los Comités de Solidaridad. Desde los inicios de los setenta, en la medida en que aumentan las detenciones y los encarcelamientos, la oposición antifranquista ya estaba acostumbrada a las detenciones, a las prohibiciones gubernativas o a las sanciones millonarias que, en el fondo, eran una forma de llevarlos a prisión por impago. Un control férreo de la oposición que tenía su réplica en el aumento de la confrontación y en los instrumentos de que ésta se dota para superar las dificultades. Uno de ellos será la creación del Comité de Solidaridad donde jugaron un papel importante Bruno Alcaraz Masats, Nicasio Angulo, Miguel Girela Reyes “El Curica”, Juan Alfredo Bellón, Mariló García Cotarelo, Tomás Navarro Aparicio, Hortensia Peñarrocha, Enrique Cabrera, Fernando Herrera o Adolfo León, entre otros. La mecánica era, según el mismo Bruno Alcaraz, que él mismo y Nicasio Angulo depositaban las fianzas en el juzgado número 1, mientras que Girela y Aparicio, llevaban el dinero a las familias de los detenidos o encarcelados para que hubiese al menos “un plato de comida caliente”. Desde este Comité se recababan datos, se recaudaba dinero para pagar fianzas (siempre a quien careciera de medios), se distribuía el apoyo solidario a los detenidos, se ayudaba jurídica y humanamente a detenidos, presos y represaliados políticos y sociales. Pero, aún así, en muchos casos los detenidos estaban parados o en las listas negras y algunas familias hicieron, en vano, declaraciones de pobreza para eludir la multa o tediosos recursos administrativos que, en todos los casos, fueron baldíos. Además, las sanciones gubernativas concedían a los gobernadores civiles la arbitraria potestad de ingresar o retener en prisión durante 30 días a los sancionados, aunque se hubiera abonado la correspondiente fianza. Será en los últimos años del franquismo, sobre todo entre 1975 y 1976 cuando se recurra a las multas gubernativas como preferente forma de represión, siendo los gobernadores civiles más activos en ese sentido José Manuel Menéndez-Manjón y Alberto Ley Rey. El Comité de Solidaridad de Granada envió en diciembre de 1986 una nota al diario Ideal de Granada donde informaba de los objetivos expuestos anteriormente, precisaba que funcionaba en la ciudad de Granada “desde 1970” y que había actuado con motivo de la huelga de la construcción de 1970, en los sucesos de la Curia de 1975, en la caída del Barranco el Sombrero en mayo de 1976 y con las detenciones de la Jornada de la COS el 12 de noviembre de 1976, “no somos una caja de resistencia, sino un Comité de Solidaridad, que es bien distinto” aclaraban. Finalmente, tras ocho años de funcionamiento, y tras el restablecimiento de las libertades democráticas, dejó de funcionar en 1977 y en ese año, cuando recogió todo el dinero de las fianzas que se fue devolviendo desde el juzgado nº 1 –casi siete millones de pesetas- se decidió entregar la totalidad del mismo a Cáritas, la única ONG que, junto a Cruz Roja, prestaba atención humanitaria. (Diario Ideal, 05.12.76:23; VV.AA.: Crónica de un sueño, 2002: 80; MARTÍNEZ FORONDA, 2012: 312). (SÁNCHEZ RODRIGO, 2017: 84). MARTÍNEZ FORONDA, Alfonso y SÁNCHEZ RODRIGO, Pedro, Diccionario de la represión en Granada 1931-1981, en elaboración).
Asistentes granadinos al acto de celebración del 25 Aniversario de CCOO celebrado en Sevilla (2003): abajo, Lola Hita, junto a Luis López García “Orovives”. En la foto, conocidos sindicalistas como Pedro Vaquero del Pozo, Pepe Cid de la Rosa, Ricardo Flores, Jesús Carreño Tenorio, Ana Ortega Serrano, Andrés Navarro, “Maruja”, Manuel Sánchez Díaz, Marta Pérez Muñoz, Pepe Lucena, Miguel Girela Reyes o Juan Martínez Martínez, entre otros. Fondo Gráfico de CCOO de Andalucía.
1º de mayo de 2008 en Reyes Católicos. En la fotografía aparecen de izquierda a derecha, Antonio Quitián, Miguel Girela, Luis López García y Juan Alfredo Bellón Cazabán. Fotografía de Alfonso Martínez Foronda.

Después, será uno de los 54 detenidos el 24 de abril de 1976 por asistir a una reunión clandestina de CC.OO. en el denominado “Barranco del Sombrero”. Fue multado con 50.000 pesetas y arresto sustitutorio de 20 días

Después, será uno de los 54 detenidos el 24 de abril de 1976 por asistir a una reunión clandestina de CC.OO. en el denominado “Barranco del Sombrero”. Fue multado con 50.000 pesetas y arresto sustitutorio de 20 días. La policía afirma que, aunque no tiene antecedentes desfavorables, “es uno de los elementos a quien se le viene prestando atención, ya que en estos últimos meses se ha detectado su presencia en todos aquellos lugares en que se incuba la subversión”. Y, en efecto, desde entonces a ahora, ha mantenido firme su compromiso social retando el paso inexorable del tiempo y manteniendo intactos sus ideales de juventud.

Bibliografía:

  • MARTÍNEZ FORONDA, Alfonso: La lucha del movimiento obrero en Granada por las libertades y la democracia. Pepe Cid y Paco Portillo: dos líderes, dos puentes. Fundación de Estudios y Cooperación de CCOO-A, Granada, 2012.
  • Archivo Histórico del Gobierno Civil, Caja “Generales de Orden Público de Granada capital”, informe del Gobernador Civil de Granada al Ministerio de Gobernación, de 3 de mayo de 1976.
  • Diario Ideal, 5 de diciembre de 1976
  • Entrevista a Miguel Girela Reyes, en Fondo Oral de CCOO de Andalucía, por Alfonso Martínez Foronda

Pedro Sánchez Rodrigo (Burgos, 1960). Es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Granada, donde cursó la especialidad de Historia Contemporánea. Ha ejercido como profesor de Secundaria de Geografía e Historia desde 1984. Desde hace  años colabora con la Fundación de Estudios Sindicales- Archivo Histórico de CC.OO.-A.. Ha participado en la obra colectiva “La cara al viento. Estudiantes por las libertades democráticas en la Universidad de Granada (1965-81)”, publicada por la Editorial El Páramo en el año 2012, y, junto con Alfonso Martínez Foronda, es autor de “La cara al viento.  Memoria gráfica del movimiento estudiantil de Granada durante la dictadura y la transición”, obra publicada por la Universidad de Granada, también en 2012. Ha colaborado en el volumen La Resistencia andaluza ante el tribunal de orden público en Andalucía. 1963-76, editado en 2014 por la FES/Archivo Histórico de CC.OO.-A y la Junta de Andalucía, y en otros trabajos colectivos, como De la rebelión al abrazo. La cultura y la memoria histórica entre 1960 y 1978 (Diputación de Granada, 2016) y La Universidad de Granada, cinco siglos de historia. Tiempos, espacios y saberes, coordinado por Cándida Martínez López (III Volúmenes, EUG, Granada, 2023) con el artículo “Antifranquismo en las aulas. El movimiento estudiantil”. También con Alfonso Martínez Foronda ha publicado el libro “Mujeres en Granada por las libertades democráticas. Resistencia y represión (1960-1981)”, publicado en 2016 por la Fundación de Estudios y Cooperación de CC.OO. Actualmente está jubilado y colabora en la elaboración del Diccionario de la Represión en Granada 1931-1981.

Alfonso Martínez Foronda (Jaén, 1958). Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada. Desde 1984 es profesor de Enseñanza Secundaria. Actualmente es profesor del IES Albayzín. Ha sido secretario general de CCOO de Jaén desde 1993-2000 y desde 2004 es miembro de la Comisión Ejecutiva de CCOO-A, desde donde ha presidido hasta 2103 las Fundaciones de Estudios Sindicales-Archivo Histórico y la de Paz y Solidaridad.

Como investigador, ha publicado numerosos artículos de opinión sobre aspectos docentes y sociales. Colaborador habitual del Diario Jaén desde 1994-2000 publicó La firma del viento (2007), una antología de artículos de opinión. Como investigador del movimiento obrero andaluz ha publicado La conquista de la libertad. Historia de las Comisiones Obreras de Andalucía (1962-1977), en 2005; De la clandestinidad a la legalidad (Breve historia de las Comisiones Obreras de Granada), en 2007; sobre las Comisiones Obreras de Jaén desde su origen a la legalización del sindicato (2004); la unidad didáctica El sindicalismo durante el franquismo y la transición en Andalucía; diversas biografías de dirigentes sindicales andaluces como Ramón Sánchez Silva. Al hilo de la historia (2007); Antonio Herrera. Un hombre vital, en 2009; Andrés Jiménez Pérez. El valor de la coherencia, en 2010, entre otros. En 2011 su investigación La dictadura en la dictadura. Detenidos, deportados y torturados en Andalucía durante el Estado de Excepción de 1969, (2011), fue premiada por la Junta de Andalucía como la mejor investigación social de ese año. Posteriormente, ha publicado La “prima Rosario” y Cayetano Ramírez. Luchadores por la libertad en una provincia idílica (2011); sobre el movimiento estudiantil en la UGR, con otros autores, “La cara al viento. Estudiantes por las libertades democráticas en la Universidad de Granada (1965-81); sobre la historia del movimiento obrero granadino, con su investigación La lucha del movimiento obrero en Granada. Paco Portillo y Pepe Cid: dos líderes, dos puentes“, 2012; sobre el Tribunal de Orden Público, La resistencia andaluza ante el Tribunal de Orden Público en Andalucía (1963-1976)Diccionario de la represión sobre las mujeres en Granada (1936-1960) o La resistencia malagueña durante la dictadura franquista (1955-1975). Actualmente, junto a Pedro Sánchez Rodrigo, está confeccionando un diccionario sobre la represión en Granada desde la II República al golpe de estado de 1981.

Otros artículos y reportajes de Alfonso Martínez Foronda:

El homenaje de Alfonso Martínez Foronda y Pedro Sánchez Rodrigo:

Nueva serie: Luchadores por la libertad en Granada, junto a Pedro Sánchez Rodrigo:

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Sobre la historia del PCE, en el año de su centenario: